domingo, 15 de abril de 2007

Gracias, David


Llevo toda la semana escuchando el Heroes de David Bowie. Sin saltarme siquiera Beauty and the beast, como solía hasta ahora.

Llevo toda la semana pensando en aquel cuadro de Ponce de León que tanto me impresionara la primera vez que visité el Reina Sofía, y pensé en dedicarle un post que, sin palabras, incluyese sólo ese cuadro, éste:

















¿Título del post? Always crashing in the same car, de otro disco de Eno y Bowie que he escuchado varias veces esta semana que acaba, Low.

Después pienso en Heroes otra vez, en Joe the lion y en Blackout, sus dos canciones que siempre he preferido. Pero ahora sé que mi preferida es la evidente, la que me harté de escuchar en la colección de singles que fue el tercer disco de Bowie que conocí canción a canción, una y otra vez, el primero que se adentraba en sus viejas canciones -el primero que escuché, por imperativos de edad, fue Never let me down.

Heroes, claro. Siempre.

(Gracias, Brian, Robert y David)


HEROES


I, I will be king
And you, you will be queen
Though nothing will drive them away
We can beat them, just for one day
We can be Heroes, just for one day

And you, you can be mean
And I, I'll drink all the time
'Cause we're lovers, and that is a fact
Yes we're lovers, and that is that

Though nothing, will keep us together
We could steal time, just for one day
We can be Heroes, for ever and ever
What d'you say?

I, I wish you could swim
Like the dolphins, like dolphins can swim
Though nothing, nothing will keep us together
We can beat them, for ever and ever
Oh we can be Heroes, just for one day

I, I will be king
And you, you will be queen
Though nothing will drive them away
We can be Heroes, just for one day
We can be us, just for one day

I, I can remember (I remember)
Standing, by the wall (by the wall)
And the guns shot above our heads (over our heads)
And we kissed, as though nothing could fall (nothing could fall)
And the shame was on the other side
Oh we can beat them, for ever and ever

Then we could be Heroes, just for one day
We can be Heroes
We can be Heroes
We can be Heroes
Just for one day
We can be Heroes

We're nothing, and nothing will help us
Maybe we're lying, then you better not stay
But we could be safer, just for one day

Oh-oh-oh-ohh, oh-oh-oh-ohh,
just for one day
We can be Heroes
















(Nota: no he podido conseguir una foto en la que Robert Fripp estuviese junto a Bowie y Eno. El que está en medio no es el de los Chichos, sino Tony Visconti. Gracias también a él: esta noche, con Antonio, he estado escuchando Space Oddity. Y gracias también a Neu!, cuyo Hero escucho muy a menudo. Y gracias a... Y gracias a... Y... Y...)

sábado, 14 de abril de 2007

El hombre que mató a Kurt Vonnegut



Compro mi primera novela de Kurt Vonnegut y al día siguiente se muere.

Requiescat in pace y larga vida en los infundibula crono-sinclásticos de tus libros, Kurt.

"Si tuve alguna vez la sospecha de que Dios existe, fue gracias a la música".
K. V.

domingo, 8 de abril de 2007

Deep hit of the morning sun

Llamaron exigiéndome poemas, relatos, sonetos y haikús, novelas río,
tostones posmodernos, palabras que entretuvieran nuestra espera de la luz,
-ni el Uno ni el Ser sino un buen juego de piernas, Sr. Cooper,
un buen juego de piernas será fundamental-,

vinieron a esta sala de espera llamada purgatorio, al club de los lectores de la ciencia-ficción
-y al tercer día Roberto Bolaño ascendió a guía y patrón de la Multiversidad Desconocida
pero si me gusta Philip K. Dick ahora estoy con Ursula K. Leguin-
¿y todo para qué?

Obras maestras, filosofía futura
y así la piedra canta y tal y tal.
Más kilos de papel impreso.

Denos sus ideas, me decían, sus palabras,
estamos aguardándolas como agua de mayo,
piense y hable, escriba,
todo depende ahora de usted.

Pero aún es abril, y aunque no sé todavía quién parará la lluvia
sé que me queda al menos un día de descanso.

Tras imprimir a las persianas un cierre moderado,
imito al gato
y vuelvo a la cama.


(banda sonora: Primal Scream a ritmo de bossanova y volumen muy suave)



miércoles, 21 de marzo de 2007

El mejor secreto guardado (hasta ahora) de la literatura murciana

He aquí un ejemplo de la antología apócrifa de la literatura murciana que Antonio Lorente, Antonio Aguilar y un servidor (en el caso del poeta antologado que sigue, responsabilidad -penal, si la hubiere- de un servidor) estamos realizando en el programa La radio se mueve de Onda Regional, de seis a siete de la tarde miércoles sí miércoles no, bajo los auspicios, cada vez más curados de espanto aunque igual de perplejos, de maese Jacinto Nicolás. Entren por su propia voluntad.
LUCAS BARTA nace en la década de los 50, no se sabe con seguridad en qué año pues en la reseña biográfica de la solapa de cada uno de sus diez libros se afirma un año distinto de dicha década ni en qué lugar exacto pues otro tanto sucede con los nombres de pueblos citados -diez distintos de la región de Murcia. Tras unos estudios inconclusos de oceanografía en Londres regresa a su pueblo, que es decir uno de los diez, aunque en este punto hay que decir que Amancio Vespertino, nuestro ínclito y subterráneo antólogo, se inclina por Totana; allí fomenta y lidera una tertulia en la que pronto es apodado “El indeciso”. La mayor parte de la tertulia la conforman poetas, florales a mayor exactitud. Revelador resulta el dato, exacto también esta vez, y revelador dada la propensión de los poetas en general al narcisismo y a hablar de sus propios libros, de que es expulsado de ella por narcisista y hablar insistentemente de sus propios libros.

De cada uno de estos diez libros existen diez versiones distintas, todas ellas sufragadas por un cada vez más mermado capital familiar. Extraemos algunos ejemplos de variaciones líricas, debidamente catalogadas, de los recogidos por Tobías Martín en su artículo Con Barta nos basta publicado en la revista lorquina Tontolín en mayo de 1989:
Dejé la vida en versos (romanticismo y metaliteratura)
Dejé la vida en veros (amor)
Dejé la vida en veras (política)
Dejé la fusta en veras (palinodia)
Dejé la fusta en peras (erótica)
En un bar de carretera, entre Totana y la Hoya, inicia un pulso con un camionero lector de Juan José López Ibor que a la sazón fundó en Caravaca la Sociedad de Camioneros Lacanianos, según algunos malintencionados intérpretes para dar réplica a la Comunidad de Modistas Junguianas de Calasparra. Al parecer, dicho señor intenta desacreditarlo con tal procedimiento, el oficial según las actas de la Sociedad, al sentirse retratado en el protagonista tatuado, monologante y buscalíos de una pequeña novela filosófico-pornográfica firmada por nuestro autor y ofrecida como obsequio en los paquetes de magdalenas de la empresa de un primo suyo. Los ex-compañeros de tertulia de Barta deciden apoyarlo y le dan refriegas con zumo de limón por la frente y su escuálido torso durante los veinte segundos que dura el enfrentamiento. El fracaso es sonado.
Otros dicen que es un tísico quien lo vence, enviado en secreto por la Comunidad Yeclense Luterana para desacreditar al autor de tantos versos obscenos y enemigos tanto del trabajo como de la predestinación. Lo cierto es que el fracaso en el pulso consigue lo que no su fracaso como poeta: hacerle perder la cabeza. Proyecta un viaje a Kansas para reescribir la Odisea invocando a la Bruja del Oeste como análoga de Calíope, musa de Homero, pero su herencia familiar queda extinta con los últimos ejemplares de su novela, secuestrada por la Sociedad de Camioneros Lacanianos, así que reúne los volúmenes que le quedan de los restos saldados de las diez versiones de sus diez libros y con el monto reunido llega hasta Librilla, donde conoce a un tipo que afirma ser el crítico oficial del pueblo y promete antologarlo a cuenta del municipio. ¿Amancio Vespertino? No, un impostor que se hace pasar por su hijo para que lo contraten en las fiestas del pueblo como DJ y rapero y que decide continuar la impostura al conocer a nuestro autor. Le da un arma de fuego para que lo acompañe como teatral comparsa en un concierto sorpresa en el Festival de Hip Hop de Cartagena y nuestro autor, que es emborrachado por la chiquillería asistente, mata por error al impostor sobre el escenario. En la cárcel su demencia se agrava, según Jennifer González, quien cita las siguientes variaciones líricas de nuestro autor en su conocido libro About deconstruction over amarillensis media tractorisque:
El palio baja y paja me hace pollo,
Humo, coñac y sombra de putas mañaneras.
El pollo baja y raja me hace al bollo,
Humo, rociar y sombras de tantas aceiteras.
El tallo paja encaja el zampabollos,
Humo, callar y sombra de nuestras cigarreras.
También en presidio concibe la idea de un gigantesco acuario en el que arrojar los cadáveres de todos aquellos críticos que no reseñaron ninguno de sus 101 libros. En este punto, por fortuna, aparece el auténtico hijo de Amancio Vespertino, quien conoce a nuestro autor al actuar en Sangonera con su grupo Recitadores y Recapacitadores y queda impresionado (¿trastocado?) cuando Lucas salta al escenario alzado por el resto de los reclusos para declamar su penúltimo trabajo, “Oda sin poda pero sí con coda”. Le hace llegar a su padre algunos de sus libros, y éste decide antologarlo. Lucas Barta no puede esperar a ver al fin recompensado su trabajo y sufre un colapso nervioso.
La localización de su tumba, hoy día, resulta problemática, pues nueve pueblos distintos de la región de Murcia reclaman la autenticidad de los restos que dicen ostentar en sus respectivos cementerios de nuestro poeta. Otros dicen que su cadáver flota en el edificio cegado, tapiado e inundado de algún bar de carretera entre Gerona y Almería, junto a otros cadáveres de poetas anónimos, hipotética obra conceptual que nadie ha visto y algunos atribuyen al artista británico Damián Hirst los días pares y a la artista interdisciplinar la Chunga los impares.

sábado, 10 de febrero de 2007

Presentación de "La Hermogeníada"



Ayer viernes presentamos la última novela de Javi en la Biblioteca Regional de Murcia. Justo antes de que él realizase lo que él mismo denominó un "trailer" de la misma, yo leí el siguiente texto (por cierto, el sábado 24 de este mes, por la mañana, quedáis invitados a la que realizaremos en La Central del Reina Sofía, en Madrid):


Conocí a Javier Moreno en una reunión de la revista Thader o, más exactamente, al salir de dicha reunión. Era un tipo poco más o menos como ahora, sólo que sin barba ni pelo largo, y a pesar de que parecía casi tan tímido como yo se me acercó para decirme “Rimbaud”. No recuerdo lo que dijo antes de eso, y de todo lo que dijo después sólo recuerdo que repitió “Rimbaud”, Rimbaud”, “Rimbaud”. Un tipo interesante, Moreno. Le gustaba Rimbaud y había escrito un cuento, “El teorema de Fermat”, que Joaquín Baños, director de la mencionada revista junto a Cristina Morano y animador de la entonces joven literatura murciana, le había alabado.
Al llegar a casa leí el cuento y pensé: “Borges”, “Borges”. Era un buen cuento y además estaba protagonizado por un matemático, un aviso de lo que vendría. Pocos años después tuve oportunidad de leer un poemario suyo titulado “La elocuencia del azar”, en un volumen del Murcia Joven en el que yo figuraba con un relato en el que no dejaba de decir “Burgess”, “Burgess”, mezclado quizás con Jesús Ferrero. En esos versos había ya no un matemático, sino matemáticas, y física cuántica, muchos otros elementos, pero ante todo poesía de alto voltaje. Moreno era un tipo osado, sin duda. Yo fui a la entrega de premios -gloriosa fiesta en el Casino, por cierto, allí conocí por ejemplo a este tipo- pero él no. Tuve que esperar otros pocos años para volver a encontrármelo. Cuando eso sucedió, de hecho, no lo reconocí, y él creo que tampoco a mí. Yo trabajaba en un bar y él cenaba y cerveceaba en la barra con una chica de aspecto hindú. Él parecía más bien griego, ya con su barba y melena características. Delante de unas botellas, en un lugar bien visible y a pesar de la prohibición expresa de mi jefe, yo había dispuesto un ejemplar del fanzine que por aquel entonces hacía con unos amigos, Casa Subterránea -el consejo editorial, por decirlo de algún modo, lo formábamos Diego, que es decir el tipo de la foto de la derecha, Antonio y yo; los textos literarios los aportaban, además, otra mucha gente-. En realidad, un ejemplar de prueba, impreso esa tarde. Las prisas que impone la ilusión, supongo. Ambos se interesaron por ese montón de páginas mal grapadas, y hablando nos dimos cuenta de que ya nos habíamos conocido.
Pero en realidad todavía no nos habíamos conocido. Aunque ya no pasaron años, siquiera pocos, para volver a encontrarnos, creo que hubo una tercera vez para encontrarme con Javier, y ésa fue cuando leí su primera novela: “Buscando batería”. Una novela en verso que cita en el inicio a Heidegger, siquiera con ánimo de choteo, eso era demasiado para mí. ¿He dicho demasiado? Qué va, eso no era nada. En el intercambio de mecanoscritos que acostumbramos a hacer cuando él venía de Madrid para pasar el fin de semana, a mí me tocó en suerte un momento dado un taco bastante grueso intitulado “Títeres”. Javier, tengo que confesártelo: no me enteré de nada. Volvía las páginas hacia atrás para retomar un hilo que no sé si había llegado alguna vez a coger y era como si hubiese avanzado en realidad. Al avanzar, parecía retroceder Aquello era como una cinta de Moebius: creías estar dentro y te quedabas fuera. Parecía como si, tras el costumbrismo alucinado y a ratos psicótico que, a golpe de letanía eléctrica, había llevado a cabo con su primera novela, quisiese quemar definitivamente la Stratocaster y dirigir sus preguntas y perplejidades a un terreno de pregunta indefinida, infinita, definitiva.
Pero no me hagan mucho caso. No entendí aquella obra y además aquellos folios sin coser, tras caerse al suelo, quedaron desordenados. Intenté devolverlos a su orden original un par de veces y me apercibí que la numeración era imposible: la aludida cinta de Moebius o, más aún, un acto de pura magia. ¿Cómo fiarse de alguien que ha crecido entre números? ¿Y si, además, les digo que a este chico le va, entre otras muchas cosas, el esoterismo?
Empezaba a revelarse el caosmos. Si la novela ha sido definida como un género en el que cabe todo, Javier estaba empeñado en que, efectivamente, así fuera. Y yo me sentía como si me hubiesen requerido para un viaje interestelar y sólo contase para hacerlo con un patinete. Discutíamos mucho por aquella época, como ya he sugerido en el prólogo a la novela que hoy presentamos. Yo decía “Vila-Matas”, “Vila-Matas”, y él respondía: “Gombrowicz”·, “Gombrowicz”. Y luego descubríamos que a Vila-Matas le apasionaba Gombrowicz. Las brumas se iban disipando. De mi última novela, él decía que se parecía por su sentido del humor a Kurt Vonnegut. Yo, sencillamente, no sabía con qué demonios comparar las suyas. Empezó una tercera y me aseguró que esta vez la entendería. Es la novela que nos ocupa, pero antes de hablar de ella aclaro que después ha escrito dos más, “Autómatas” y “Museo” y un libro de cuentos, “Atractores extraños”. Quiero dejar esto claro para que ustedes se hagan una idea de la clase de tipo que tienen delante. Dejaremos para otra ocasión su poesía. Uno no deja de conocer tipos distintos de Javier Moreno. Todavía no hace mucho llegué incluso a ponerme nervioso cuando supe que hubo una vez un Javier Moreno de quince años que leía obsesivamente libros sobre ovnis. Digo nervioso porque yo, con quince años, padecía una obsesión similar. Tuve que tomar distancia. Cuando él decía “Charles Berlitz”, yo le replicaba “Erich von Daniken”, “Erich von Daniken”. Pero dejemos en paz los misterios del universo y volvamos al género novelístico. Centrémonos en “La Hermogeníada”.
¿Qué decir de ella, sino que él único comentario posible de ella, tal y como quería Roland Barthes, sería el de repetir, una a una, todas las palabras que la conforman? Recurramos a la analogía: imaginemos a un personaje de los tebeos de Ibáñez aficionado a la filosofía, al mismo y camaleónico Mortadelo disfrazándose ya no de distintos filósofos, sino de la misma filosofía, o filosofías, puras o impuras, porque filosofía, y tú me lo preguntas, filosofía eres tú; imaginemos o mejor, y para sacar a pasear al fantasma, fantaseemos, que en lugar de emprenderla a martillazos, dicho personaje, para auscultar la realidad, se valiese de una pajarita de papel. Pensemos en Leopold Bloom cantando a Nino Bravo en su letrina, o más lejos de Joyce y más cerca de Miguel Espinosa, en los personajes de la “Escuela de Mandarines” rulándose un peta o en los de la “Tríbada” siendo protagonistas de un video-juego en el que el monstruo de la pantalla final es el principio cuádruple de la razón suficiente. Pero cuidado, porque el monstruo puede aguardar en cualquier lugar de la partida. Cuando a Godard le recordaban que toda historia debía tener planteamiento, nudo y desenlace, él respondía: “Sí, pero no necesariamente en ese orden”. Cuando a Rimbaud le requerían para que se explicara, él siempre respondía: “¡No sé hablar!”. Nuestro Hermógenes, sencillamente, diría: “Tralarí-tralará”.
Javier quiere que yo ahora le presente a ustedes a Hermógenes. Pues eso: que qué quieren que les diga. Que tralarí, que tralará. Que como toda presentación esto es un principio y lo que hay que hacer es empezar por donde importa, que es, tal y como quería Deleuze, por enmedio. Y que, en tiempos en los que si todo no es lo mismo desde luego sí que parece ser lo mismo, estamos ante una novela que no se parece a nada de los que está a disposición de ustedes en las librerías. Si el grado cero de la escritura no existe, Javier Moreno está dispuesto a elevar dicho grado a la potencia que ustedes, como lectores, tengan a bien dejarle. Pero cuidado, porque en la paradoja de Schrödinger, ustedes podrían acabar convertidos en el gato, tal y como le sucede al protagonista de uno de sus últimos cuentos. Uno de los muchos anuncios que se insertan en esta novela, una oferta concretamente, reza: "100x1, / ¡acabamos con la unidad! / (hasta agotar existencias)". Avisados quedan.

jueves, 1 de febrero de 2007

¡Excelsior!

Uno de los primeros tebeos que leí fue un ajado ejemplar de Los Eternos de Jack Kirby que mi padre tenía olvidado en algún cajón. Nunca olvidaré la épica grandiosidad con la que se presentaba a la cuarta hueste de los Celestiales o el heroico patetismo del rostro de Ikaris sufriendo la tortura neuronal de un monstruo con forma de pulpo acéfalo. Acabo de leer por primera vez la colección completa y no tengo palabras. No he dejado de recordar los grabados de Willliam Blake; Kirby era un visionario. Todos los personajes, además, son Doctores Manhattan. ¿Puedes imaginar algo así?

Mi primer libro de poemas se llamó Nuevos dioses como homenaje indirecto, en realidad sólo conocía a estos personajes a través de la versión de Mignola. Ahora tengo en la mesita de noche el primer tomo de la saga El Cuarto Mundo y siento esa emoción anticipada que despierta la seguridad de enfrentarse a una obra mayor. ¿Demasiada épica? Bueno, después de dos horas de ida y vuelta Lorca/Murcia releyendo en el tren La Hermogeníada de Javier Moreno estoy vacunado, formateado, libre y limpio de cualquier virus trascendentalista. Suena el Réquiem de Mozart, su Misa en do menor irá después. Me dispongo a viajar a los confines del universo, el planeta Tierra por ejemplo, para luchar contra las huestes de Darkseid y su propósito de hacerse con la ecuación antivida.