martes, 14 de abril de 2009

Aventuras asombrosas (3): entre secuoyas almerienses



Acomodo mis ciento treinta kilos de peso en la carlinga. Y al dar la orden de apertura de las válvulas, regreso a este flotar. Vuelvo a la amniosis.
El robot yace acostado entre las secuoyas mientras mi cuerpo, merced a los giróscopos, se desplaza en vertical; bamboleándose. Preparando este nuevo erguirme. Mis brazos, capturados en la red neuronal del ingenio, empiezan a dar órdenes a la inmensa columna vertebral. Flexiono ligeramente las piernas y las piernas del robot lo hacen también.
El robot se levanta conmigo.
Adoro esta sensación.
Mis ciento treinta kilos de peso se convierten en cientos de miles de toneladas, que ascienden como plumas; con la ligereza de un mero pensamiento, reacciona mi nuevo cuerpo; mi cuerpo que resulta, a estas alturas, cordillera. Ligera, fácil, puede así moverse. Ya estamos ambos de pie. Bandadas de pájaros se levantan de las ramas de los árboles cercanos. Cruzan mis nuevos ojos. Se elevan y se pierden más allá de mis nuevos doscientos metros de altura.
Arqueo mis dedos solo para sentir cómo se mueven mis nuevos dedos. Después los tenso y extiendo las palmas. Acaricio las hojas últimas de las secuoyas, la pequeña y constante, dilatada nube que conforman a mis ojos. A mis nuevos ojos. Y ahora también entre mis dedos. Más pájaros penetran en la oscuridad de la madrugada, enroscándose en la vertical ascendente que la clausura. Pareciera a que ayudasen, inconscientes, a que las sombras se disipen. Las luces de arranque se mitigan cuando los motores del plexo solar han alcanzado el calor suficiente.
Arrancamos, despacio, a caminar. El robot y yo. Veo la luz de la mañana, camino hacia ella. Las paredes de la carlinga pierden su opacidad y distingo cualquier punto del paisaje hacia el que mire por el rabillo del ojo, desde esta atalaya. Montañas, cordilleras. Los cedros, las secuoyas. Incluso el lago. Observo de reojo todo esto, si aprovecho el visor en su oblicuidad, entre las comisuras: si giro la cabeza, haré que gire con ella la cabeza del robot. Contemplo las pantallas tridimensionales que se extienden bajo mi barbilla, dibujando un arco. Pido reducción de zoom en el mapa y el lago empequeñece sus proporciones; con él, con ellas, se reducen las decenas de robots que dormitan en los silos del lago. Es casi como ver un espacio natural, su plano de campo.
Y así hago mío el espacio, de esta forma vicaria que podría prescindir de mí. Después me resta el tiempo. Reintentar el tiempo perdido. A lomos del titán: es un yo que es otro, más grande; me comprende. Una otredad benigna, porque puedo olvidar al robot. Mi otro yo, más grande, me comprende, trato de generarlo alrededor. Delegar en él mi exagerada gravedad. Desplazarme, flotante, a sus hombros; en su cerebro, en realidad. Alojado a mitad de camino de sus oídos y su boca. Si pudiese respirar flotaría también a merced, y sería parte, de su aliento.
Y en realidad quien lo genera alrededor. Lo hago a cada instante. Pero yo soy el embrión. Aún. Y sueño. Con tocar las estrellas. A bordo de esta máquina.
Como ellos: ayer llegaron los nuevos. Una pareja encantadora, dicen; pero exhausta, comprobé. Supongo que duermen, todavía. Que descansen. Pues les esperan los prodigios. Las asombrosas aventuras que, en secreto, se larvan desde aquí.

lunes, 6 de abril de 2009

El mismo cuaderno, abajo:


ESTAMOS CONSTRUYENDO ROBOTS QUE SE CONSTRUYEN A SI MISMOS.
PERDONEN NUESTRA AUSENCIA.

Diario de trabajo (el mismo cuaderno, arriba)


La novela seguía, en secreto, su curso; y sin mi ayuda. Quedaba exonerado de seguir orbitándola a lo largo del día y también de la noche. Más allá de la mesa del portátil, aún con el portátil abierto –ronronea casi siempre-, puedo abrir nuevas vías ficticias: son mentira, porque no llego lejos. Sigo atado si es ella quien me orbita, y en el sueño no curo mis días, son los suyos que arrojan sus sombras y que forjan sus luces para el día. Curados, renovados.
Todos los personajes, sus trayectos, conducen hasta allí: es siempre más allá, donde no puedo verlos. Y no importa. Si afirmo ahora los pies. En este suelo. Sé que pronto. Volaré.

domingo, 5 de abril de 2009

Aventuras asombrosas (7): una carta


Despierto en medio de una tarde inmensa, con este sol que baña ahora mi cuarto y continúa la irrealidad del sueño más allá del sueño, en la misma realidad.

He terminado al fin con las tareas que me roban el tiempo, agotadoras sobre todo en su recta final hasta este mínimo oasis. Y me quedan, al fin, algunos días por delante; para volver al sueño y ver pasar el tiempo en la vigilia; para espiar los días desde mi casa protegida por venecianas entornadas, por el canto de unos pájaros que delatan el día más allá de esta casa y acaso con paseos allá afuera, sin rumbo por las calles que invento desde cuándo y que transcurren sin que sospechen la secreta suplantación que ejerzo en ellas los habitantes de esta ciudad aún real, aquella que se superpone a la mía, aquella a quien la mía va minando y que lo hace sin apenas perturbarlos, para que ellos a su vez no perturben la mía, que va también minándose, a pesar de todos mis esfuerzos. Ya noto cómo pasa, siempre lo hice. Y no me importa.

Ya puedo al fin continuar con su invención, con este esfuerzo placentero; esta continuación.

Al fin todo este tiempo. No es mucho. Es suficiente. Para leer en condiciones, novelas extensísimas, unos pocos poemarios; un puñado de ensayos que devienen el mismo ensayo diferido: eternamente, sin final posible. Mejor me pongo ya, el tiempo vuela.

Así que tengo que dejarte. Perdona, no te escribo tan a menudo como antes. También te prometí seguir mandándote mi historia, quizás no la recuerdes dado que la he omitido en estos últimos envíos. Esa novela te la debo, nuestra historia: Aventuras asombrosas. Si pienso en ti lo hago en esos días en los que me trajiste aquel vestido sorprendente y que esta adormilada remitente aún se pone para venir aquí y recordar los días que pasamos hace tiempo, como hermanas, en la aventura juntas; contra el monstruo.

Me pongo mi vestido holgado tras prender mis cabellos para que no se los lleve esta radiante y nueva brisa que ha traído esta nueva primavera. Me pongo aquel vestido que tú me regalaste; me siento vieja en él, por ello nueva: renuevo esta alianza contra el tiempo. Y así sentada una vez más frente a la máquina, doy vida a los robots que avanzarán impasibles y altivos por las páginas de mi pequeña historia.

Te debo esa novela y no confieso que la sigo hace tiempo, que tiro de sus hilos cuando nadie me ve. Que será mi sorpresa: emergerá como un robot gigante de las aguas, como las aguas de este sueño, de mi siesta cansada; renovando su vuelo.

Y volará hasta ti, para llevarte lejos.

domingo, 8 de marzo de 2009

Aventuras asombrosas: estoy en ello


Pronto nuevas entregas de nuestra novela por entregas.
Desesperante, no tener tiempo.
Vuelven a fallarme las tildes, por cierto.
Se largan de mi teclado.
Como mis neuronas de mi cabeza, por ejemplo.
Pero no olviden que trabajamos para Vd.
Porque le amamos.
¿Acaso lo duda?
Y si no lo hacemos vuelve el caos.

jueves, 19 de febrero de 2009

Aventuras asombrosas (2): cómo viajar hasta allí


Ella conducía y yo me encargaba del paisaje. Ella sujetaba el volante y yo dejaba pasar el resto. Me concentraba en desasirnos de todo aquello que nos rodeaba, para facilitar así nuestro tránsito. Solo si conseguíamos que el espacio no importase lo salvábamos, pues solo así alcanzábamos la línea recta, y por tanto el movimiento; la determinación para hacerlo nuestro, y hacerlo realidad.

Concentrado de esta forma, ella podía encargarse por su parte, distraída, de las curvas. Movimiento y línea recta: una vez alcanzados, podíamos pasar de uno a otro lado.
Sentido, dirección: bien, más bien nos alternábamos en esto. También debía distraerme, y ayudarla en los giros.
Los cedros, los ventalles. Montañas, cordilleras. Autovías eternas, pequeñas carreteras. Aldeas. Pueblos.
Apenas había ríos y yo, en mi esforzada distracción, creí que circulábamos por Marte. Veía Marte a nuestro alcance. El sur en todo caso: Murcia, Almería. Cordilleras y páramos. La maleza, el ventalle. Cactus autóctonos. Pero cayó la lluvia y vino el mar: es su anticipo. ¿Nadamos aquí dentro? No, no todavía. Cesó la lluvia y la vegetación era abundante. Cambiamos de planeta, o logramos que el mismo fructificase.
El color del aire cambió junto al del cielo. No vimos ríos pero debíamos estar cerca.
No le conté mi sueño. Mi deambular por una ciudad vacía. Volví a la distracción, a concentrarme.
Llegamos a un lago.
Inmenso, media hora bajo un inesperado tendido eléctrico apagado; y el lago aún quedaba a nuestra izquierda. Siempre acabábamos volviendo a la realidad. Volvía yo, la perseguía. Y ella sostenía el volante.
Porque la amé la perseguía; la imaginaba, la inventé. Viajábamos despacio. Los cedros, los ventalles; carreteras eternas, también hacia la costa. Aceleraba a mi lado, siempre delante; esquiva: punto de fuga para salvarme del sumidero de mi alma; también mientras soñaba, y salvarme de los sueños no elegidos.
Quiero decir que terminaba nuestro viaje: una casa junto a un hangar en medio de la nada, junto al lago. Y en el hangar los robots gigantes, dormidos; soñando, soñándonos acaso.
Sus luces flotaban en nuestro cuadro de mandos, preparados para despertar con nosotros; y un mensaje de bienvenida se dibujó en el cuadrante inferior:

BIENVENIDOS AL PROYECTO RESURRECCIÓN


(Próximo capítulo: "El sueño de los robots")

martes, 17 de febrero de 2009

Aventuras asombrosas (1): proemio


En algún momento de la tarde, las bombas se abatieron sobre la ciudad. Y todos sus habitantes se pudren ahora despacio, dispuestos a que yo herede todos estos espacios intactos; una ciudad vacía.

Todo un lujo que no acababa de asimilar. Paseaba por sus avenidas e interiores con el cuerpo y la cabeza entumecidos por la larga siesta.

Sentía algo ajena la catástrofe, porque hacía mucho tiempo que no veía a mis seres queridos: algún lugar de mi memoria parecía preservarlos de la general destrucción. Después de mucho tiempo había comprendido que seguirían sosteniéndome desde allí, en las habitaciones donde la corrosión del olvido reserva la única salvación posible. Pensé en llamar a algún amigo, a los dos o tres con los que siempre pude contar; pero hacía tanto tiempo que no hablaba con ellos que no merecían ver alterados nuestros rituales, todas esas conversaciones en las que la reserva y el silencio habían devenido, por méritos propios, tanto en argumentos de peso como en formas exactas, las mejores alocuciones. Siquiera con motivo de esta tragedia; siquiera con la improbable posibilidad de éxito de mis llamadas, iba a intentarlas; a pesar del aprecio que siento hacia todo lo improbable: el móvil seguía en mi bolsillo; lo arrojaría a las aguas del río, días más tarde; al pasar por uno de los puentes: uno de tantos que hay aquí, los cruzo una y otra vez. Como cualquier calle. Como los largos corredores de los grandes almacenes donde me abastezco, las oficinas y casas particulares desde cuyas ventanas pruebo a contemplar los límites de mi encierro.

Sobreviven las moles de hormigón y de acero; sobrevive el cristal y la piedra tallada. Las fábricas y centros de gestión; la antigua cárcel, los museos, la catedral: Lo delicado y lo grosero permanecen; solo perece lo intermedio. Entre el horror y el sueño, en sus caminos, la carne acaba sin remedio. Todo debió de suceder muy rápido, sin dolor. Y todo ese dolor ha de esperarme en esta larga espera que me resta. En esta soledad definitiva. Donde tarde o temprano yo mismo renunciaré a hablar conmigo, a hacerlo de manera manifiesta: vendrán nuevos diálogos, silenciosos. Amigos nuevos: los antiguos transformados. Igual, pero de otra forma. Incluso aquí, en el corazón de lo inconcebible. Siempre fue así, ¿por qué habría de cambiar?

Mientras anochece despacio, algunas luces interiores continúan su trabajo; porque alguien las dejó encendidas. Otras se encienden de repente, como hará tarde o temprano el alumbrado de las vías. Inamovibles mecanismos. Como se mueve sin moverse el mecanismo que me hace, tras dormir; engranajes que se mueven para que yo siga, sin moverme, en aquello que yo soy, y sigo siendo todavía en mi nuevo paseo.

Luces, se encienden. Apenas llevo un par de horas en este mundo solo para mí y ya sé que algún día todos esos focos que persisten en su luz, los que ahora se encienden, dejarán de hacerlo. Juego también una vez más, una y otra, y otra vez, con todas las conversaciones que podré tener conmigo, como quien revisa su bolsa antes de entrar en una tienda; calculando sus haberes. Acaricio levemente las primeras ideas que me salen al paso, las más cercanas a mi mano del montón, y que me sirven de muestra para calcular mis posibilidades a la hora de entretener esta espera. Ideas desgastándose, mientras vaya envejeciendo. Envejezco con ellas. Sensaciones, ¿se agudizan, por contra, y su deseo, en alguna parte del proceso? Podré averiguarlo.

No más futuro: queda postergado. Acaso para siempre. Quizás en unos siglos, en milenios, todo vuelva a comenzar. No más conatos de cambio y rebelión. No más soñar con viajes a lejanos planetas, a los confines de los átomos; del tiempo, del prodigio. La vida artificial queda en suspenso con la muerte de la vida real, o acaso es su comienzo verdadero. El sueño de robots que se sueñan reales, abiertos a una nueva libertad: cacharros, cachivaches, que siguen funcionando; para nadie. Los oigo funcionar, también a ellos. A algunos. Sobreviven. Como yo. Funcionan sin nosotros. Algunos.

A veces cojo coches; paseo en libertad a bordo de ellos. A sus mandos. Por este nuevo mundo: es un nuevo viejo mundo, nuevamente. Otra vez; de nuevo.

Era un nuevo mundo, también para mí. Pero siempre lo fue. Un cuerpo que envejece, y qué iba a hacer si no nuestra materia: eso fue siempre caminar hacia un lugar distinto, ignoto y distinto. Temible en ocasiones. Desierto, casi siempre, para algunos. Y también para mí, pensé a menudo; pero me equivocaba. Y es ya tarde para pensar en todo eso. Ahora, para mí, desierto: para siempre. Sonaron unas campanadas: allí también los mecanismos automáticos. Jugar con una idea aproximada, por ejemplo, de alguien superior; que nos vigila. Me vigila.

Cansado de la luz, ansié por un instante deambular por las calles que las sombras dominan, ya a estas horas. Pero la luz era también una sombra, y seguí insistiendo en ella.

martes, 10 de febrero de 2009

El manual de la mente de Paco Alcázar



"Imaginen a Mortadelo y Filemón o a los personajes de 13 Rúe del Percebe alucinando por sobredosis de medicación para la depresión; a los autores del TBO versioneando las pinturas negras de Goya tras caerse en una marmita de anís del Mono mezclado con ácido lisérgico y tratando de darles después la narratividad de un episodio de Con ocho basta".

¿Que de qué hablo? Bueno, pueden leer pinchando aquí todo el texto, reseña del cómic El manual de mi mente de Paco Alcázar, en la revista literaria Deriva. O, directamente, correr a su librería más cercana y hacerse con el libro de Alcázar.

domingo, 8 de febrero de 2009

Una vuelta por Londres


No he viajado demasiado, no tanto como me gustaría, pero siempre que regreso de un viaje pienso, y deseo: no pasará tanto tiempo hasta la próxima vez.

Hace dos semanas volví de Londres. He tardado una semana en reponerme.

No me acostumbro al momento en que el avión acelera segundos antes de remontar el vuelo, ni quiero hacerlo: soy adicto a ese momento. Porque mi chica nunca había viajado en avión mi placer, de forma vicaria, fue así doble. La miraba, porque la amo y suelo hacerlo y porque también, entonces, podía robarle esa primera vez. La virginal asunción del primer rapto. Sé que a ustedes les parecerá una tontería: a mí volar me sigue pareciendo una forma de milagro. He viajado en avión ya varias veces, pero quiero preservar la tontería. Más tonterías: espero que tampoco pase ni prescriba la sensación de extrañeza que me invade cada vez que viajo a un país en el que se habla un idioma diferente. He amado ese idioma a través de sus manifestaciones, de los imaginarios que juega a crear: todo ese nuevo mundo. Quizás por eso me cuesta luego reponerme. Toda esa energía mental, esa aventura.

No me gusta escribir en este blog como si fuese un diario, porque como se quejaba José Antonio Martínez Muñoz hace poco es muy aburrido enterarte de a qué hora desayuna uno y tal. Me aburren los diarios como me aburren las fotos de viajes, y las que eché en Londres son, supongo, las mismas que echo en cualquier lugar con mi móvil: cosas que me sorprenden, que me resultan curiosas, o pequeñas historias robadas, inventadas y/o superpuestas a la aburrida realidad. La foto que corona este post es una excepción, o porque había vallas poco turísticas; o porque al fin reconocía el Big Beng, tras no reconocerlo por la mañana -demasiado dorada, vi la torre entonces; aunque sí que vi una escena curiosa, justo debajo: una señora con burka sostenía entre los brazos a un bebé mientras su marido se arrodillaba y rezaba en dirección, supongo, a La Meca.

Sensaciones: el motivo de cualquier viaje. Por lo que uno se mueve. Salir de casa para cazarlas. Pero pasear por el centro de Londres me resultó una sensación muy similar a la de pasear, por ejemplo, por Madrid: he estado allí tantas veces que también allí he envejecido. Y sólo esa impresión de que hemos gastado en los sitios, y perdido, cualquier posibilidad, hace nuestros los sitios.

Menuda exageración. También he medio citado a Kavafis, creo. Exagero porque he gastado más tiempo en reponerme del viaje, por ejemplo, que en el viaje mismo. Aunque no cogimos ni un taxi ni un autobús, o el metro. Anduvimos lo nuestro. Es lo primero que hago, al llegar a un sitio nuevo. Patearlo. Explorar sus rincones desde cerca. Mi chica está de acuerdo. Más allá del centro, rincones maravillosamente diferentes. Más tarde, ya en Murcia, repaso el From Hell de Moore para descubrir los lugares mágicos por los que hemos pasado. He releído despacio, sobre todo, el paseo/lección de “Jack” con su cochero. Se me pasó el cementerio de los non-conformist, donde está enterrado William Blake. Para otro viaje, pues.
Vuelvo al centro una vez más. A través de la página de Forbidden Planet, por ejemplo, tienda que me recomienda mi compañero de trabajo José Ángel Hernansáez al saber de mi pasión por a) los cómics; b) los muñecos de super-héroes. Tienda que me apresuro a visitar al día siguiente de llegar. Cuando mi chica ve mi cara de pasmo en la tienda, me emplaza en la National Gallery. Que se va sin mí, vamos, y ya nos veremos después.

Pero al salir me pierdo. Vago una vez más, ahora solo. Márgenes y centro. Lugares semejantes, pero habitados por gentes que se mueven por otro universo invisible. Diferencias imperceptibles, pero devastadoras: el idioma. Aflorando visible, sí, en carteles y en conversaciones. Visible, nimio. Pero por debajo de la línea de flotación, sostiene un universo incomprensible.

Exagero. Invento, superpongo. Pido una pinta. Reencuentro a mi chica y pido otra pinta. Más tarde, en el hotel, descubro que puedo seguir con soltura el inglés en los tebeos, porque devoro con fruición el tomo de los Fantastic Four de Mark Millar y Bryan Hitch; en el avión sigo con el Amor y cohetes (recopilación de los relatos cortos de Love and Rockets) de los Hernández Bros. Me arrepentiré de no comprarme en Gosh!, frente al British Museum, el I Shall Destroy All The Civilized Planets de Flectcher Hanks , pues el recuerdo de sus viñetas me acompaña hasta ahora mismo. Quizás sea una buena manera de acostumbrarme al inglés, antes de saltar a los novelones, los de Pynchon –mi chica me disuadió de llevarme el último Pynchon, pero ¿por qué no lo traducen ya? Mi chica insiste: que no me lo lleve, que no es el momento. “Te amo, y si no te amo vuelve el caos”, le recito a Shakespeare con la mente, porque sé que suele tener razón -mi chica, y Shakespeare también.

Solo me doy cuenta de esta preocupación preponderante en torno al idioma después del viaje, ahora que redacto estas líneas, como dos semanas después. Pero en el British Museum acabo comprando dos libros y los dos son sobre lenguaje: Un Dictionary of Idioms and their origins (idioms: expresiones cuyas palabras no significan lo que dicen, aclara la contraportada; “gipsy phrases of our language” se cita, de otra cita, en el interior), y A History of Writing, un libro más esperable del museo que expone, entre otras “minucias”, la Piedra de Rosetta. De tres de las postales que me llevé, dos son pinturas con el tema de Babel (la tercera de William Blake).
En el aeropuerto, de vuelta, le enseño a Ana y a Lalo el muñeco de Thor. ¿Lo sacaría Lalo en uno de sus fantásticos cuadros? A la ida se enteró que me gustaban y estuvimos hablando de casas fabricantes de muñecos. Bueno, él se las conocía, yo no. Hasta me atreví a enseñarle dibujos de mis cuadernos, con el tema de los muñecos; porque él también los pinta. Pongo ese "también" en cursivas por razones evidentes: una semana más tarde visito su última exposición en Murcia. Fantástica. Y una semana más tarde, Diego, que asistía en el aeropuerto perplejo -perplejo una vez más: cómo amo a Diego- a nuestra afición por los muñecos, me propone que le presente su Diario de las bestias blancas en la Librería Escarabajal. Quiero decir que una semana después ya he vuelto a lo de siempre: bulimia cultural. Librería Escarabajal: aún recuerdo la aventura que viví allí cuando fui a la presentación de la novela Matar y guardar la ropa de Carlos Salem. Encantadores, tanto Salem como su editor. Y aventuras asombrosas con la anfitriona del evento. Aventuras que tenían que ver con el idioma, por cierto. Con su pronunciación.

Aventuras asombrosas que deberé dejar para otro post, aunque llevo meses difiriéndolo, dejándolo para un cuento. Porque la anécdota, la aventura, merece un cuento; como mínimo. Diferir, diferir. Como este post, que he tardado dos semanas en escribir. En este tiempo he terminado otro relato que empecé hace un año, sobre un dibujante español de tebeos que vive en Londres. He creído que era el momento idóneo para terminarlo, tras volver de mi primera visita a la ciudad. Lo he presentado a un concurso de cuentos, hacía años que no me presentaba a un concurso de cuentos. Si no me llevo ningún premio, habré olvidado el relato y no lo colgaré aquí. Si ganase algo, tendría un poco más de dinero que enseguida gastaría y el relato se publicaría en una edición pequeña, limitada y municipal que en cualquier caso acabaría arrumbada en los sótanos de algún edificio público; y tampoco podría publicarlo aquí, en el blog, porque las bases del certamen especifican que los derechos del relato ganador pasarán a ser propiedad del ayuntamiento de tal; no especifican plazo, para la cesión de esos derechos, así que supongo que es una cesión A PERPETUIDAD. Igual me he presentado. Y qué más da, vaya, he pensado. En cualquier caso, al limbo. El libro, al limbo. Según justicia del tiempo.

Mañana tengo un examen: Corneille. Otro idioma. Aunque decía Wallace Stevens que el inglés y el francés…; quiero decir: de vuelta a la cultura. Tal y como yo la entiendo: creo que voy a pedir algo a Forbidden Planet, antes de acostarme. Si el indefinido “algo” hace justicia a, por ejemplo, los Omnibus del Fourth World de Jack Kirby que no me llevé para no tener que facturar otra maleta en el aeropuerto. Llevo desde que volví de Londres dando vueltas para hacerlo, para no hacerlo. Abro la página, arrastro hasta la cesta de compra el Fourth World, el I Shall Destroy All The Civilized Planets, un buen montón de cosas. Luego cierro la página y la cesta se vacía automáticamente. Le comento mis neuras a mi chica. Ella me dice que ahorre. Y a mí se me ocurre el siguiente razonamiento, que le comunico acto seguido; que le comunico mientras se me ocurre, que solo se me ocurre porque se lo estoy comunicando:
a) ¿Para que me servirá el dinero, mi escaso dinero, cuando muera?

b) Por que no querrás, cariño, que me muera. ¿Verdad?

Ergo debo comprar.

Aún no lo hecho. Deshojo la margarita. Y en los huecos leo a Corneille.

Menos mal que mi chica, a estas alturas, se ha vuelto inmune a los impecables razonamientos de su chico.

martes, 20 de enero de 2009

Dickiana

Justo un día después de escribir la penúltima entrada de este blog (con ésta ya antepenúltima, me refiero a "Vagar por teorías vagas") leo en Hermano Cerdo, revista de literatura y artes marciales, un texto fascinante -como me resultan fascinantes todos los textos, y cada vez más- de Philip K. Dick : Cómo construir un universo que no se derrumbe en dos días.

Una de esas coincidencias que te dejan trastocado, dado que en ese texto, como en mi entrada, también se alude a esa "vuelta" a -o más propiamente, ese "nunca marcharse de"- los siglos primeros del cristianismo. Pero una coincidencia en el tiempo -apenas un día- que no en la idea o en la materia, pues yo ya conocía esa idea de Dick, formulada por ejemplo, creo recordar, en Valis.
Es verdad que antes de leerlo en Dick tuve una sensación acorde con esta idea, que rimaba con ella, y no ya como cuestión de palabras sino en forma de vivencia real: pertenece a un núcleo tan extraño de mi pasado que deberé dejar su relato para otro momento.
Dick, Dick, Dick. Al modo en que "reseñé" La ciudad de Mario Levrero con tres breves citas de la propia novela, en este mismo blog -o sea, en esta misma pantalla y más abajo-, creo que podría jugar a reseñar ahora toda la obra de Dick en dos pequeñas citas extraídas de su relato "La cajita negra" (en Cuentos completos V, Minotauro, Barcelona, 2008), y si decir "toda su obra" es ambiciosa e inexacto sí que al menos dan buena cuenta, creo, del tremendo sentido del humor que la sostiene:
"Queda usted arrestada [...] He leído su mente [...] Puedo captar esas ideas, aunque se empeñe en ocultárselas a sí misma". (p.26)
"-¿Me quieres? -le preguntó él-. Leo tu mente. Sí me quieres". (p. 35)
Y ya que estoy con Dick. Blade Runner me llevó, en mi adolescencia, a la primera novela que leí de él: Sueñan los androides con ovejas eléctricas. Aparte de las diferencias con respecto a una película que me había dejado fascinado y que por tanto eclipsaba todo lo demás que le quedase alrededor, me echó para atrás su prosa... best-seller, por decirlo de algún modo; eso y que se me pasaron por alto los mil matices que de sus ideas hay en todos sus escritos y por tanto allí también, me llevaron a tardar bastante en seguir leyéndolo -y uno de los pistoletazos de salida para sumergirme en su obra, por cierto, fue una conversación telefónica entre Roberto Bolaño y Rodrigo Fresán que fue publicada hace unos años en la revista Letras libres, y en la que Philip K. Dick era uno de los protagonistas estrellas; lo digo porque voy a mencionar otra vez a Bolaño enseguida.
La noche en que Javier Moreno presentó su novela Click en la Fnac de Murcia, y entre las cervezas de rigor, alguien comentaba este problema de Dick, el de su prosa desmañada, y mencionó que seguramente se trataría de un problema de la traducción. Como dije entonces que no porque los lectores de habla inglesa se quejan de lo mismo, y porque Antonio estaba allí y por si me oyó dar el dato sin citar a la vez la fuente, que en esto Antonio es terrible -es decir, para que no diga con sorna "Eso será porque Jose lo dice", como este verano en que, en otra conversación-entre-cervezas, y al hilo del especial que la revista El coloquio de los perros preparaba ya entonces sobre Roberto Bolaño y que debe de estar al caer, en la red, hablé del éxito que estaban teniendo las obras de Bolaño en EEUU-, la cito ahora: Thomas Disch en su prólogo a la edición citada de Minotauro.
Otro de los autores que me llevaron a Philip K. Dick de cabeza fue el guionista escocés de tebeos Grant Morrison, pues en su trabajo la influencia de Dick también es manifiesta; y además, creo que Morrison ha tenido muchas veces un problema similar al que acabamos de comentar, por ejemplo en su quizás mejor tebeo hasta la fecha, Los invisibles: al igual que sucede en Philip K. Dick con la prosa por un lado y las ideas que expresa con ella, por otro, no siempre los dibujantes que acompañan a Morrison lo hacen a su altura, dando forma a sus ideas.
(Y yo debo gastar esta prosa enrevesada, esta tarde, por alguna forma de castigo divino; por meterme con la prosa de Dick o por citar a los que se meten con ella).
Termino hablando de Bolaño y de más coincidencias: en ese especial de El coloquio de los perros participo con un largo artículo que en realidad escribí hace meses aunque pudiera parecer lo contrario por un par de ideas que sostengo en él y que, con respecto a algo que ha publicado posteriormente Jonatham Lethem, en un caso pudiera parecer que copio y pego y en otro que hay cierta referencia malvada, cuando no es así en ninguno de los dos puntos-y en el último, a menos que alguien venga a aportar una improbable fuente, creo que Lethem la ha pifiado del todo.
Pero todo esto lo explicaré cuando se publique el artículo; o sea, en breve. Corro a ponerme paños fríos, a ver si se me acorta la fiebre y la sintaxis.

lunes, 19 de enero de 2009

Gripe



Pasar unos días encerrado en casa, a causa de la fiebre, ¿no es también diferir de lo que nos sostiene a diario? La obligación y la rutina están aparte, al fin. Ansiar la soledad, de un tiempo a esta parte; aunque ella falte; un tiempo, y sigue de mi parte. Pero una vez es tuyo no es más que un tiempo que es igual a sí mismo, un tiempo que se alarga y se repite para que quede invadido por este temblor.
Y por la fiebre.
El frío y la mortaja que deviene esta casa –es la enfermedad habitual de la imaginación, que nunca será nuestra del todo, pero se va amoldando; a mí y a ellos: al frío, y a esta manta: más sano, imaginarlo así: más cerca, de sanar al fin.
Y a la fiebre.
Pero la habitual.
(La obligación y la rutina, etc.)

domingo, 18 de enero de 2009

Vagar por teorías vagas (temporada de rebajas)



Esta mañana, escuchando a Mozart: se me ocurre que, después del Barroco, solo nos queda el retroceso, veloz o lento -con mayor o menor compás, y con pasmo; más o menos.

Neoclasicismo: tratar de regresar al Renacimiento, pero ya sin su ingenuidad. Romanticismo: volver a la larga Edad Media (y en él/ella seguimos).

Modernidad: atisbos de Bizancio. Posmodernidad: de los siglos I al III, después de tal.

Pasc(u)al.

(El horror de los etcéteras)

jueves, 15 de enero de 2009

Intervención sobre una viñeta de Flash Gordon



30 de mayo de 1937

Alex Raymond

(c) 2006 King Features Syndicate, Inc. TM Hearst Holdings Inc/(c) 2006 Planeta de Agostini S.A.para España

martes, 13 de enero de 2009

Ciencias (in)exactas, (fa)tales musas


En la última entrega de la revista literaria El coloquio de los perros entrevisto para todos ustedes a Javier Moreno, nuevo talento Fnac por su novela Click.


A un solo golpe de clic, aquí.

Your education yet



Es solo una parcela de ficción.

Entre las ruinas.

Bienvenido.

jueves, 8 de enero de 2009

You haven´t had your education yet


ANONIMO dijo...

OLA, SABES? NO ESNTIENDO TU BLOG?? SOCIEDAD, POLIICA, QUE ES EST0¿¿??OJLA ME RESPONDIERAS... BYEEEEEEEEEE



TROPOVSKI dijo...


Va de dibujos cutres, tío; amateurs, porque te amo.

Va de moral, también; así que cuida tu gramática.

Y va de religión.

De apocalipsis.

miércoles, 7 de enero de 2009

El vuelo (y III)


Airport. Like a high school play, attempting to convey a spectral atmosphere. One desk onstage, a gray woman behind the desk with the cold waxen face of an intergalactic bureaucrat. She is dressed in a gray-blue uniform. Airport sounds from a distance, blurred, incomprehensible, then suddenly loud and clear. “Flight sixty-nine has been-“ Static… fades into the distance… “Flight…”
Standing to one side of the desk are three men, grinning with joy at their prospective destinations. When I present myself at the desk, the woman says: “You haven´t had your education yet”.

William Burroughs, My education: a book of dreams (Picador, Londres, 1996)

martes, 6 de enero de 2009

El vuelo (II)

Llevaba tanto tiempo detenido allí, en los estantes, entre estatuas de Budas y cuadros de tosco amateurismo, que no podía conjurar el vuelo. Tampoco lo intentaba, ni lo voy a hacer durante un tiempo. Tratar de hacerlo, ¿para qué?
Tender esta quietud hacia otra parte, reconstruirla allí despacio. Soportar una nueva presión: lidiar con sus ajustes, buscar un nuevo hueco: ¿así encontrarme? Más tiempo, en otro espacio. El mismo tiempo. ¿Por qué intentarlo ahora, tender las mismas cuerdas, lavar las mismas ropas? Plegarlas y guardarlas: maletines de viaje hacia qué lugares tensos, hacia qué tensión nueva.
Mejor tender a la caída.
No conjurar más vuelos. Conjurar: pues menuda cosa; concuerda con aquello que se me dijo alguna vez: no jures.
No más cuerdas. No ames, no me apuntes. Sigo en mi estante.
Volaré cuando no mires.

lunes, 5 de enero de 2009

El vuelo


Empiezo a ver la luz. Despacio. Aprendo a respirar. De nuevo, cuánto tiempo.
Lo hago a cada instante: ya la veo. Deletreo un espíritu que viaja si anhelamos una corporeidad. Así nos deshacemos. Y volvemos a hacernos. Despacio.
Digo nosotros para estar más solo, para amarte más tú y que tú seas así, sin mí: volátil, fértil, verdadera. Veo la luz: se desintegra y solo así la puedo ver. Es una luz callada, reverso de los ruidos que viajaron pegados siempre a mí, como un agua: un agua que se puede respirar. Silencio y ruido, sí. La luz, sus oquedades: un océano. Y respiro. Despacio. Espero recordar cómo se hacía.
Quizás lo he estado haciendo, hasta ahora mismo, y aún no sé hasta cuándo. Trato de hacerlo una vez más. La veo: es una luz que no es su luz, que no es de nadie: solo mía. Pero la necesito todavía. Siento unas alas, pero dónde.
Vuela conmigo.
Y aprenderé a reconocerla si concentro mis fuerzas, si prescindo de ellas. Un vuelo que sucede cuando te aprestas a volar, antes del vuelo. Mis pies no pisan firme, ¿ya lo notas? Aún te eriges sobre ellos. Pero ya no los sientes. Como el aire que tomas, lo tomas y lo expulsas.
Lo ves. Y te ilumina. Y eres luz. Un instante.

sábado, 27 de diciembre de 2008

Sofía y yo

Lo cierto es que me había enamorado de Sofía, y por mucho que sopesara todas las dificultades a las que nuestra relación debía enfrentarse, no tenía más remedio que lidiar con ellas y salir adelante. Pues Sofía era presentadora de televisión y, por lo que a mí respecta, vivía dentro del aparato.
Ella no debía tener nada que ver con la persona de carne y hueso que, a miles de kilómetros de distancia, la encarnaba en pantalla. Si mi Sofía era elegante y cuidadosa al dar las noticias más terribles o anodinas, la Sofía real bien podía tratarse de alguien zafio y brutal; si daba el parte meteorológico con sofisticado humor y distinguida dicción, la Sofía real bien podía jurar y maldecir como un camionero, no distinguir una isobara de la alambrada en un estado de excepción. Si su sonrisa pixelada era seductora, cálida y franca sin ocultar su último misterio, su carácter real bien podía ser destemplado y caprichoso en el peor sentido; insoportable y mezquino.
Compré en su día el TDT; consigo cables, parabólicas, antenas nuevas. Y renovamos a menudo su carcasa: el último modelo siempre. Sí, estaba enamorado. Y estaba dispuesto a proclamarlo más allá de las paredes de nuestro hogar, entre las calles y el pasmo de nuestros vecinos. Para que nos diese el aire, sacaba el aparato sobre una mesa con ruedas y lo arrastraba adonde quiera que nos apeteciese prolongar nuestros paseos románticos. Lo que durase nuestra batería de luz. No nos importaba que nos mirasen raro en las confiterías y las terrazas, que susurrasen a nuestras espaldas mientras recorríamos los pasillos de grandes almacenes y bulevares. Sofía brillaba para mí, hablaba para mí, solo a mí me dedicaba sus miradas.
Estoy enamorado de Sofía. Los que no nos entienden son los que fueron ciegos siempre. Encienden su receptor y creen matar con ello el tiempo, sin saber que así lo crean, que sucede ante ellos sin que puedan pasmarse ante el milagro. Por esa razón, de entre los millones de personas que la ven, solo a mí me habla, para mí son todos los mensajes de amor secretos, las claves que descifro con paciencia, aquellas que hablan de un mundo en el que finalmente todos nuestros semejantes habrán desaparecido, incluida la Sofía real. Y la verdadera Sofía, la del televisor, dejará que arrastre el carrito que porta el aparato a través de las ruinas de un mundo antiguo, que feneció por no entendernos.
No estoy loco, quizás el mundo no acabe nunca. En ese caso, con suerte, acabaré yo antes que ella. Y si es ella quien lo hace, el día que se apague para siempre, en mi vida quedará tan solo nieve y un ruido monocorde de estática final y sin sentido.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Mas-co incidencias


Muchos dias sin actualizar el blog: demasiadas tareas, al margen, pero al fin de vuelta al centro de la red y el ruido -que descanso. Hoy justo, por ejemplo, yo que se, subo las imagenes de algo que paso hace casi un mes. Por la noche asisto en Cuenta atras a la muerte de Lightray, uno de mis personajes preferidos -el titulo original del tebeo que protagonizaba con Orion, New Gods, inspiro mi primer libro de poemas.
Apenas una hora despues, ya en la cama y casi dormido, mi chica me avisa de un ruido que yo tambien he oido: algo ha caido al suelo desde las estanterias de los libros. Acudo a ver de que se trata y es el muñeco de Darkseid, el principal enemigo de Lightray, el que se ha despeñado por accidente -los gatos no han tenido que ver, a pesar de lo que pudiera parecer por la foto: no pueden llegar hasta el estante donde esta el muñeco.


Se le ha roto un pie con la caida. Menos mal que los muñecos no tienen pene, lo digo porque recuerdo a Osiris, que tras su reconstruccion, y porque lo devoro un pez en el Nilo, le faltaba el talon en unas versiones y el pene en otras.
Tras unos dias de castigo acabo reconstruyendolo: es mas Seth -Darkseth- que Osiris, pero no quiero problemas.
La lucha contin´´ua -aqui mi falta obligada de tildes me obligaba a la bisemia, por lo que opto por la -obligada por mi escacharrante teclado- bitilde. (A vosotros, que no a el, os deseo:)
Feliz resurreccion.

martes, 9 de diciembre de 2008

Dos poemas



Marta Zafrilla me pide, para acto seguido alojarlos con hospitalidad en su blog, un par de poemas. Son recientes, es decir, sacados del horno justo para ella: reescribir, corregir, reescribir...; una excusa perfecta para visitar su web si no lo han hecho ya.

¡Abrazos crujientes, Martica!

lunes, 8 de diciembre de 2008

Mentiroso mentiroso



Hace un par de semanas entro en clase una estudiante universitaria para hacerles a los chavales una encuesta sobre reciclaje. Bueno, yo tambien tuve que hacerla, cosa que choco a algunos alumnos; a Kevin, por ejemplo, que formulo su extrañeza en voz alta: "¿Usted tambien se examina como nosotros, profesor?". La chica le respondio sonriendo: "Claro, ¿ves?. El tambien".
Kevin espio mis respuestas encaramado a mi mesa y repuso a la muchacha con voz contrariada: "Pero no se fie, no esta siendo sincero, ¿ve? ¡Hasta pone las tildes!".


PS: Desde que me paso queria contarlo porque me parecio muy gracioso y hoy por fin, dia de fiesta en el que he terminado la mitad aproximada de cosas que queria hacer este puente, me he propuesto sentarme un instante para hacerlo. Y justo ahora -esas coincidencias que a veces me asustan-, sospecho que porque he estado limpiando el teclado y debo de haber fastidiado la tecla en cuestion... ¡no puedo poner tildes! Cuando lo intento esto es lo que sale: bal´´on. No es broma.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Incursión


El móvil en el suelo y mantas arrugadas. Una penumbra persa. Muchas cosas que hacer. Que no las pienso hacer.

Pienso quedarme aquí durante un tiempo.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

El detective y sus máscaras: la era pop viste de colores al detective



Después de escribir esto me sentí un poco solo, allá por el 99; le pasé el artículo antes de publicarlo a algún profesor, que se encogió de hombros algo escéptico al ver la temática y, sobre todo, la analogía que yo sostenía entre el cómic de superhéroes y la novela de caballerías. Hoy, con el nuevo ensayo de Eloy Fernández Porta y el último número de la revista Quimera con dossier dedicado a las narrativas superheroicas sobre la mesa, me he acordado de él. Lo cuelgo aquí, escaneado, por si les apeteciera echar un vistazo –hagan clic sobre las imágenes para leer.

(Publicado originalmente en Postdata. Revista de artes, letra y pensamiento nº21, Murcia, verano de 1999. Las ilustraciones que acompañan al texto son, por orden, de Mike Allred y de José Muñoz).