viernes, 26 de octubre de 2012

Canción del borracho



La brevedad del vino,

junto a la duración

de los cuerpos inmateriales

que ahora visitan al borracho,

precipitan su percepción del clima

y le ofrecen una suerte de síntesís.



Puedo oír, se dice,

gente más allá, lejos.



Donde antes hubo nieve,

ahora hay bochorno:

un lugar donde todo se derrite.



Las presencias consisten

precisamente en eso,

se asegura a sí mismo,

más que como si lo pensara

como si lo leyese de su copa.



Y ausentarse, más que un deber,

es una forma de matar el tiempo.


lunes, 22 de octubre de 2012

Pasa un avión




Pasa un avión y deja una estela igual que la de un barco. Comprendes que el mundo está sumergido.



domingo, 21 de octubre de 2012

Gente tan aburrida




Recuerda a aquel amigo con afecto, pero también con fastidio. Para aclarar esa encontrada sensación, razona despacio y concluye que su amigo es buena persona. Buena persona, sí, pero ¡tan aburrido! 

Bueno, él también lo es. Seguramente, tal circunstancia los unió en secreto. Un secreto, incluso, para ellos: fue de forma inconsciente que congeniaron para aliar sus caracteres intolerablemente abúlicos, desesperantes para cualquier tercero que tenga la desgracia de acabar acompañándoles.  Aunque, reflexiona, su amigo es sin duda más aburrido que él. Y que, desde luego, y al margen de lo que piense el resto de la gente, él se aburre menos consigo mismo que con su amigo.

¿Por qué piensa en él ahora? Porque…  bueno, hace tiempo que no ve a nadie, apenas sale de casa, hasta las personas que disfrutan de su soledad deben sanear de vez en cuando las aguas de sí mismas, para evitar que se pudran. 

¿Por qué no llamarlo y quedar con él?

No parece sorprenderse, al otro lado de la línea telefónica.  Y si se sorprende, después de tanto tiempo sin tener noticias suyas, lo hace con tan pocas expectativas de que esa llamada vaya a cambiar algo de su rutina que es como si no se sorprendiera. 

Quedan en una cafetería. Desde el primer momento, ambos no cesan de bostezarse el uno al otro y es como una conversación codificada. Bueno, no hay tal conversación: no tienen nada que contarse. Las novedades de sus vidas desde que no se han visto son tan escasas e irrelevantes que se las han contado prácticamente todas en el trayecto que conduce desde la  puerta del local hasta le mesa. 

Así que, simplemente, bostezan. Bostezan y bostezan. Al principio, de forma más o menos disimulada; lo cual ya representa alguna clase de conversación, cifrada en toda esa estrategia de disimulos. Pero después lo hacen ya abiertamente: sus bocas abriéndose una y otra vez. 

La gente los mira de reojo, el aburrimiento de ambos es tan evidente que ocupa un espacio alrededor de ellos como la radiación lo hace alrededor de una bomba atómica caída. Y ellos insisten en sus bostezos, progresivamente menos espaciados entre sí, más continuados, más gigantescos. En un flujo creciente e ininterrumpido. Muchos clientes han abandonado el local, deprimidos, y los que quedan no acaban de entender por qué se aburren tanto, ignorantes de ese aburrimiento que se extiende invisible desde ambos amigos como una radiación; no comprenden por qué todo aquello que hacen o que consideren ahora les parece, de pronto, carente del más mínimo interés. 

Allí, frente a su fastidioso amigo, pero también rodeado de todos esos desconocidos, él es consciente de lo que está sucediendo. Si hubiese venido sin su compañía, ya sería por sí mismo un foco suficiente de transmisión y de contagio del más puro aburrimiento. Le gusta estar acompañado, ahora, por su amigo. Le ayuda en esta autoafirmación agresiva y de venganza contra los otros, tan entretenidos y divertidos los unos con los otros. Comprende que hay en su abulia una esencia de tozudez y de resistencia. La noche avanza y él se aferra a toda esa lentitud como quien apuesta por una estrategia para alcanzar la victoria. Bueno, por fin su amigo parece darse por vencido o, simplemente, va a posponer el ejercicio de su generosa indiferencia, la indolencia de su triunfo constante: aduce que al día siguiente debe madrugar. 

Él le dice que va a tomarse otra cerveza. Se despide de su amigo. Le dice: ya te llamaré un día de estos. Miente, va a tardar bastante en llamarle. No lo necesita. 

Se queda solo. Se pide otra cerveza. La noche empieza para él, aunque solo vaya a tomarse esa cerveza antes de regresar a casa él también.

No se da prisa en bebérsela, pero tampoco se demora. Bebe con la seguridad de quien se acaba de dar cuenta de que es un triunfador. 

Cuando termina su cerveza, paga y mira a uno y otro lado mientras se dirige a la puerta. 

En esa atmósfera cargada de aburrimiento y depresión, de gente que solo desea suicidarse, él siente que ha ganado. Piensa en todos esos parroquianos con fastidio, pero también con cierto afecto. Tanto, que se despide de todos ellos antes de salir.

domingo, 14 de octubre de 2012

Traducción corregida




“Traducción corregida”, “traducción revisada”, “la traducción definitiva”: son rótulos que uno encuentra en libros que se reeditan, libros que conviven con nosotros desde hace tiempo. Muchos de ellos ya merecieron su calificación de clásicos, y por eso resulta especialmente feliz que lleguen hasta nosotros mediante una versión fiel, finalmente fiel: un final feliz, por tanto. Tanto para esos libros como para nuestra relación con ellos. Pero, ¿qué impedirá que sigan apareciendo traducciones aún  más corregidas dentro de unos años, traducciones renovadamente definitivas? Es un proceso, imagino, sin fin, y está bien que así sea. Porque si esos libros merecen realmente la pena, ganarán nuevas lecturas prolongadas en el tiempo. El futuro franqueará sus puertas para ellos. El hecho de que devengan clásicos no significa más que su lectura se ha convertido en un proceso ininterrumpido.

Pienso en los libros de nuestros contemporáneos que se traducen por primera vez: todos nos abalanzamos sobre ellos en versiones que, tarde o temprano, deberán renovarse, revisarse, corregirse, hacerse definitivas. ¿Qué hay de revisable en ellas, cuánto de erróneo? ¿Hasta dónde abarca el malentendido, dentro de esas pequeñas cosmogonías subjetivas, sino hasta nuestra propia visión del mundo, con nosotros mismos incluidos dentro? Pues dicha visión de nosotros mismos y de los demás la construimos a través de una experiencia del mundo en la que se incluye nuestra experiencia lectora.

Son lecturas, por tanto, insuficientes, pienso y, acto seguido, siento durante un momento una infundada alarma. Comprendo que hay un espacio inevitable de malentendidos, de comprensión insuficiente abierto entre los libros y nosotros. Pero también es una alarma necesaria, uno de tantos índices con los que contamos para comprender que habitamos un presente siempre precario y erróneo, por corregir mientras seguimos construyéndolo.


(Ilustración de Shintaro Kago).
 

viernes, 12 de octubre de 2012

La verdad sobre los gafapastas




Ha llegado el momento de revelar uno de los secretos más celosamente guardados de nuestro tiempo: lo que hoy se denomina gafapastas o modernos fueron, otrora, importantes líderes de opinión y rebeldía que alimentaron todas las revoluciones en Occidente; depusieron grupos de poder, marcaron la evolución de las sociedades con su arbitrio y cambiaron, una y otra vez, la faz de la Tierra. ¿Cómo se vieron recluidos a esos márgenes por los que hoy se les conoce?

Periodistas culturales, es decir críticos de cine, de arte, de literatura, de tebeos (¡de tebeos!) son la punta del iceberg de una conspiración mundial, así como sus últimos ejecutores. Tras situar sus prédicas en el exclusivísimo punto de mira de la antigua clase revolucionaria, las fuerzas ocultas que rigen el universo humano imponen, para las reseñas que devoran aquellos que se sienten  la inteligencia del mundo, el encumbramiento de obras inanes y adormecedoras. Las verdaderas obras maestras, devoradas por la sensata espontaneidad del vulgo, quedan así vedadas a cualquier conato de injerencia por parte de los sedicentes. Es también una broma cósmica: los que alardean del buen gusto, del único buen gusto posible, no disfrutarán jamás de los mejores bocados, que desprecian amparados por aquellos que ellos creen los guardianes de su criterio, sus sacerdotes y aliados.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Cuaderno abierto





Estimados suscriptores y amigos de esta página: 

Porque voy retrasándome en actualizarla, les recuerdo que tengo otro blog, más centrado en mis ilustraciones y donde me muestro más activo últimamente. Les dejo el enlace:

miércoles, 1 de agosto de 2012

Es el final de lo que me sucede



Es el final de lo que me sucede,
pienso un instante, sin seguir el pensamiento.
Quiero decir que no lo continúo.

Una limitación
bastante razonable
para una fantasía que funciona
igual que una pianola.

Arco iris mecánico
tras una lluvia imaginada.

Lo que dura la sensación
es todo aquello que saco de ese momento.


miércoles, 13 de junio de 2012

Los altos muros de una fortaleza vacía






Igual que el Emperador Legendario, que se manifestaba al azar en alguna de sus numerosas provincias para perpetuar la posibilidad de su existencia; de la misma manera, en ocasiones, me sorprendo olvidándote.

domingo, 10 de junio de 2012

Esto no es una pipa


Dice Guindos que este rescate no lo va a pagar la sociedad española. Ya no es que nos tomen por imbéciles, es algo más profundo y definitivo en su irrealidad tras tanta mentira reiterada y asumida como mentira desde el mismo momento en que se enuncia. La metarrealidad que así se crea genera bucles sin fin donde quienes hablan y quienes escuchan nadan en todas direcciones pero hacia ninguna parte: esto no es una pipa, esto no es una pipa.

jueves, 31 de mayo de 2012

Me he quedado sin conversación

 

Me he quedado sin conversación, sabía que esto iba a suceder. Como un cazador que tiene sus flechas contadas, he tratado de administrar con cuidado, todo este tiempo, mis intervenciones entre los demás. En ocasiones, es cierto, he gastado alegremente mis palabras como si mi repertorio de ellas fuese ilimitado: si tarde o temprano esto iba a suceder -oh, sí, lo sospechaba, lo sabía-, ¿por qué no tratar de brillar mucho, siquiera por un rato sentirme el centro de atención, parte en todo caso de la máquina bien engrasada de la vida social? He disfrutado abandonándome a esa inconsciencia que supone hablar por hablar, reír y bromear, contar anécdotas sin fin. Ahora, sencillamente, voy a tener que acostumbrarme a que todo eso se haya terminado: mis amigos me toleran a duras penas, sospecho que se sienten obligados pro el vínculo que nos ha unido estos años. Pero crece entre ellos la incomodidad, creo que muy pronto van a darme la espalda. ¿Cómo culparles? ¿Por qué seguir dando cobijo entre ellos a alguien que no les aporta nada? Lo que más temo es que interpreten mi silencio como aburrimiento o desdén.

En el trabajo cumplo con mis obligaciones lo mejor que puedo. En los lapsos inevitables en los que uno debe rendirse a las confidencias y la relajación entre iguales, me he esforzado por participar disfrazando la verdadera naturaleza de mis aportaciones, escasísimas por lo demás: su condición de torpes imitaciones y repeticiones de lo que los otros hablan. Creo que se van dando cuenta de mi maniobra y debo allí también, en el trabajo, confinarme de forma progresiva. 

Paso revista mentalmente a todos los temas que me han servido siempre para conversar y sentirme parte de los otros, de la gente: no me puedo creer que los haya agotado, debe de haber algo que aunque sin resultar especialmente novedoso yo pueda convertir en una suerte de variación, de variación desesperada. Pero es inútil, no lo encuentro. A todas horas trato de permanecer solo, es la única forma de poder ocultar mi anomalía. Mi expresión vacía, inútil, tan estúpida. Mi encogerme de hombros, mi darme media vuelta, mi silencio.

domingo, 27 de mayo de 2012

Revolución



Donde unos invocan lo incomprensible, yo dudo de mi inteligencia. Todas las tardes que hace buen tiempo, leo en mi terraza sentado en la misma orientación con respecto al sol para que su luz no me moleste de forma directa. Pero hoy el sol se sitúa en un lugar no acostumbrado. Antes de acudir a lo sobrenatural, repaso mentalmente mis muy básicas nociones de astronomía y concluyo, sí, en la imposibilidad lógica y física de tal suceso.
Quizás el pedazo de tierra sobre la que se asienta mi edificio se ha desplazado en un ángulo de noventa o cien grados, ¿o no podría el sol haber contravenido por un breve lapso de tiempo, el que le bastaba para esta modificación, las leyes que me enseñaron de niño? Si ha sido la tierra quien se ha desplazado, ¿lo ha hecho aquella sobre la que se hunde y se levanta mi edificio, la que corresponde a todo mi barrio o a la de toda la ciudad? Un desplazamiento de fallas y de estratos extraordinariamente imperceptible, silencioso, o del que yo no me he enterado, pero es que yo nunca suelo enterarme de nada, quizás todo ha vibrado durante medio minuto pero yo estaba ensimismado, reconcentrado en alguna de mis modestas, inútiles actividades.
Puede tratarse de un movimiento tectónico que afecta a la península entera en la que se halla mi país, o acaso el corrimiento geológico ha variado la distribución continental a un nivel planetario. En cualquier caso, no ha habido terremotos ni desastres: ya me he encargado de comprobarlo en internet y en el resto de medios. Nadie parece hacerse eco. Desconozco, por tanto, la escala del desconcertante cambio en la posición del sol, que es, no debo olvidarlo, el centro de nuestro sistema solar, y una humildad elemental me lleva a descartar, para explicarlo, la elección entre una posibilidad macrocósmica o una local, incluso diminuta: quizás se trata de un sencillo problema de comprensión personal, de falta de inteligencia; una torpe desorientación por mi parte, un detalle acerca de estas cuestiones que no percibo bien o que malentiendo.
Corrijo la orientación de mi silla sin darle más vueltas, decidido a no comentar con nadie el estrambótico suceso, mañana en el trabajo: acostumbro a no reclamar la atención ajena sobre mí y mis poco importantes circunstancias, es algo que no pienso corregir ahora, a pesar de todo. Trato, incluso, de moderar la expectación que ya estoy sintiendo por la llegada de la tarde de mañana, pues debo gestionar con calma mi curiosidad hacia la posición que vaya a ocupar el sol entonces, cuando siga leyendo la novela que leo o que trato ahora de leer, es bastante interesante y me está gustando mucho, bastante más que estas torpes pugnas con mi inteligencia para colegir la causa y el alcance de esta extraña variación de la trayectoria del sol en el cielo.
¿No debería sentir, más bien, curiosidad por saber si hará buen tiempo mañana y, por tanto, si podré salir como acostumbro a esta terraza, para continuar con la lectura de mi novela? Si lloviera o hiciese frío, ¿debería perturbar mi tranquila y atenta lectura a cubierto, dentro del salón, con el impulso de mirar a través de las cortinas para comprobar la posición del sol? No hacerlo, ¿no comportaría para mi carácter una detestable indolencia? Todas estas paradojas me atormentan, ya he desperdiciado demasiado tiempo explicándolas aquí y ahora, arrogando a mis pensamientos un interés que palidece frente al legítimo y verdadero que el autor de la novela que leo sí ha sabido urdir, con su profesionalidad, con su trabajo, para sus lectores.
Creo que voy a corregir de nuevo la orientación de mi silla con respecto al sol, para situarla como estaba, como acostumbra a estar: toda esa luz me molesta y me deslumbra en penitencia por mi falta de humildad, mientras trato de leer y aprovechar una tarde de la que ya he desperdiciado buena parte considerando todo esto.