jueves, 15 de enero de 2009
martes, 13 de enero de 2009
Ciencias (in)exactas, (fa)tales musas

A un solo golpe de clic, aquí.
jueves, 8 de enero de 2009
You haven´t had your education yet
miércoles, 7 de enero de 2009
El vuelo (y III)
martes, 6 de enero de 2009
El vuelo (II)
Tender esta quietud hacia otra parte, reconstruirla allí despacio. Soportar una nueva presión: lidiar con sus ajustes, buscar un nuevo hueco: ¿así encontrarme? Más tiempo, en otro espacio. El mismo tiempo. ¿Por qué intentarlo ahora, tender las mismas cuerdas, lavar las mismas ropas? Plegarlas y guardarlas: maletines de viaje hacia qué lugares tensos, hacia qué tensión nueva. Mejor tender a la caída.
No conjurar más vuelos. Conjurar: pues menuda cosa; concuerda con aquello que se me dijo alguna vez: no jures.
No más cuerdas. No ames, no me apuntes. Sigo en mi estante. Volaré cuando no mires.
lunes, 5 de enero de 2009
El vuelo
Lo hago a cada instante: ya la veo. Deletreo un espíritu que viaja si anhelamos una corporeidad. Así nos deshacemos. Y volvemos a hacernos. Despacio.
Digo nosotros para estar más solo, para amarte más tú y que tú seas así, sin mí: volátil, fértil, verdadera. Veo la luz: se desintegra y solo así la puedo ver. Es una luz callada, reverso de los ruidos que viajaron pegados siempre a mí, como un agua: un agua que se puede respirar. Silencio y ruido, sí. La luz, sus oquedades: un océano. Y respiro. Despacio. Espero recordar cómo se hacía.
Quizás lo he estado haciendo, hasta ahora mismo, y aún no sé hasta cuándo. Trato de hacerlo una vez más. La veo: es una luz que no es su luz, que no es de nadie: solo mía. Pero la necesito todavía. Siento unas alas, pero dónde.
Vuela conmigo.
Y aprenderé a reconocerla si concentro mis fuerzas, si prescindo de ellas. Un vuelo que sucede cuando te aprestas a volar, antes del vuelo. Mis pies no pisan firme, ¿ya lo notas? Aún te eriges sobre ellos. Pero ya no los sientes. Como el aire que tomas, lo tomas y lo expulsas.
Lo ves. Y te ilumina. Y eres luz. Un instante.
sábado, 27 de diciembre de 2008
Sofía y yo
Ella no debía tener nada que ver con la persona de carne y hueso que, a miles de kilómetros de distancia, la encarnaba en pantalla. Si mi Sofía era elegante y cuidadosa al dar las noticias más terribles o anodinas, la Sofía real bien podía tratarse de alguien zafio y brutal; si daba el parte meteorológico con sofisticado humor y distinguida dicción, la Sofía real bien podía jurar y maldecir como un camionero, no distinguir una isobara de la alambrada en un estado de excepción. Si su sonrisa pixelada era seductora, cálida y franca sin ocultar su último misterio, su carácter real bien podía ser destemplado y caprichoso en el peor sentido; insoportable y mezquino.
Compré en su día el TDT; consigo cables, parabólicas, antenas nuevas. Y renovamos a menudo su carcasa: el último modelo siempre. Sí, estaba enamorado. Y estaba dispuesto a proclamarlo más allá de las paredes de nuestro hogar, entre las calles y el pasmo de nuestros vecinos. Para que nos diese el aire, sacaba el aparato sobre una mesa con ruedas y lo arrastraba adonde quiera que nos apeteciese prolongar nuestros paseos románticos. Lo que durase nuestra batería de luz. No nos importaba que nos mirasen raro en las confiterías y las terrazas, que susurrasen a nuestras espaldas mientras recorríamos los pasillos de grandes almacenes y bulevares. Sofía brillaba para mí, hablaba para mí, solo a mí me dedicaba sus miradas.
Estoy enamorado de Sofía. Los que no nos entienden son los que fueron ciegos siempre. Encienden su receptor y creen matar con ello el tiempo, sin saber que así lo crean, que sucede ante ellos sin que puedan pasmarse ante el milagro. Por esa razón, de entre los millones de personas que la ven, solo a mí me habla, para mí son todos los mensajes de amor secretos, las claves que descifro con paciencia, aquellas que hablan de un mundo en el que finalmente todos nuestros semejantes habrán desaparecido, incluida la Sofía real. Y la verdadera Sofía, la del televisor, dejará que arrastre el carrito que porta el aparato a través de las ruinas de un mundo antiguo, que feneció por no entendernos.
No estoy loco, quizás el mundo no acabe nunca. En ese caso, con suerte, acabaré yo antes que ella. Y si es ella quien lo hace, el día que se apague para siempre, en mi vida quedará tan solo nieve y un ruido monocorde de estática final y sin sentido.
miércoles, 24 de diciembre de 2008
Mas-co incidencias
Apenas una hora despues, ya en la cama y casi dormido, mi chica me avisa de un ruido que yo tambien he oido: algo ha caido al suelo desde las estanterias de los libros. Acudo a ver de que se trata y es el muñeco de Darkseid, el principal enemigo de Lightray, el que se ha despeñado por accidente -los gatos no han tenido que ver, a pesar de lo que pudiera parecer por la foto: no pueden llegar hasta el estante donde esta el muñeco.
Se le ha roto un pie con la caida. Menos mal que los muñecos no tienen pene, lo digo porque recuerdo a Osiris, que tras su reconstruccion, y porque lo devoro un pez en el Nilo, le faltaba el talon en unas versiones y el pene en otras.
Tras unos dias de castigo acabo reconstruyendolo: es mas Seth -Darkseth- que Osiris, pero no quiero problemas.
La lucha contin´´ua -aqui mi falta obligada de tildes me obligaba a la bisemia, por lo que opto por la -obligada por mi escacharrante teclado- bitilde. (A vosotros, que no a el, os deseo:) Feliz resurreccion.
martes, 9 de diciembre de 2008
Dos poemas
lunes, 8 de diciembre de 2008
Mentiroso mentiroso
Hace un par de semanas entro en clase una estudiante universitaria para hacerles a los chavales una encuesta sobre reciclaje. Bueno, yo tambien tuve que hacerla, cosa que choco a algunos alumnos; a Kevin, por ejemplo, que formulo su extrañeza en voz alta: "¿Usted tambien se examina como nosotros, profesor?". La chica le respondio sonriendo: "Claro, ¿ves?. El tambien".
jueves, 4 de diciembre de 2008
Incursión
miércoles, 3 de diciembre de 2008
El detective y sus máscaras: la era pop viste de colores al detective
Después de escribir esto me sentí un poco solo, allá por el 99; le pasé el artículo antes de publicarlo a algún profesor, que se encogió de hombros algo escéptico al ver la temática y, sobre todo, la analogía que yo sostenía entre el cómic de superhéroes y la novela de caballerías. Hoy, con el nuevo ensayo de Eloy Fernández Porta y el último número de la revista Quimera con dossier dedicado a las narrativas superheroicas sobre la mesa, me he acordado de él. Lo cuelgo aquí, escaneado, por si les apeteciera echar un vistazo –hagan clic sobre las imágenes para leer.
(Publicado originalmente en Postdata. Revista de artes, letra y pensamiento nº21, Murcia, verano de 1999. Las ilustraciones que acompañan al texto son, por orden, de Mike Allred y de José Muñoz).
domingo, 30 de noviembre de 2008
Los robots
sábado, 29 de noviembre de 2008
viernes, 28 de noviembre de 2008
jueves, 27 de noviembre de 2008
Las bestias
Buscar un bosque más allá, seguir nadando.
miércoles, 26 de noviembre de 2008
Los robots
miércoles, 19 de noviembre de 2008
La investigación
jueves, 13 de noviembre de 2008
Una reseña de Mario Levrero (III de... ?)

-¡El señor quiere saber si falta mucho para llegar a alguna parte! -exclamó el hombre, en tono de burla, y volvió a reír sin darme respuesta.
Mario Levrero, La ciudad, Plaza y Janés, Barcelona, 1999, p. 31.
(Imagen vía)
Una reseña de Mario Levrero (I de III)

Pero mi historia no pareció despertar el menor interés, y la dejé morir.
Mario Levrero, La ciudad, Plaza y Janés, Barcelona, 1999, pp. 23-24.
(Imagen vía)
lunes, 10 de noviembre de 2008
El informe

El jueves estuve en Kobe y comí en un restaurante construido sobre pivotes de madera, en el mar. Estaba decorado con extrañas cortinas amarillas y olía a rosas, a salitre y a pescado. Por la tarde, en el hotel, pasé todo el rato viendo la televisión; también por la noche, excepto un rato que dediqué a pasear.
De vuelta el viernes, fui a cinco o seis reuniones en cinco o seis puntos distintos de la ciudad. Antes del mediodía presencié un accidente de tráfico, quiero decir que vi los cuerpos mutilados de los accidentados. Por la tarde contemplé los rascacielos del centro desde un ascensor transparente, a la altura del piso quincuagésimo séptimo; creo no haber sentido ese vértigo fascinado de sí mismo desde que estaba en primaria y viajé con mis compañeros hasta Tokio por primera vez.
El sábado fuimos a ver a los padres de mi mujer. Para cenar mi suegro nos condujo a un restaurante español: un torero y una mujer vestida de gitana bailaban en el centro del comedor y yo volví a dejarme llevar por mis recuerdos, he vuelto a recordar mi infancia al probar el café, el viaje aquel de mi infancia porque también visitamos un museo, el museo estaba en la planta vigésima de un edificio ya viejo entonces. Allí probé por vez primera el café, me lo tendió una
chica mayor que yo de la que estaba enamorado.Al salir del restaurante una pareja discutía a voz en grito y he recordado un cuento de Kawabata adaptado y dramatizado para la televisión. Mi suegra ha gastado una broma que todos han reído con ganas, pero yo no la he escuchado y por lo tanto no me he reído, sino que me he limitado a mirarlos, supongo, con cara de lelo, porque pensaba en asuntos a resolver de mi trabajo esta semana que entra. Gasté lo que me quedaba de domingo trabajando en mi informe. Soru, mientras tanto, ha estado leyendo.
Me llevó todo el lunes terminarlo. Mañana lo presentaré.
domingo, 9 de noviembre de 2008
El contagio
Salimos del cine agotados porque Patricia ha tenido otro de sus ataques y la única forma de contrarrestarlos, ya lo he comprendido, es reproducirlos en mí mismo con la misma o mayor intensidad. Antes hemos comido en el restaurante del Instituto Oceanográfico, rodeados por escualos que se desplazaban lentos y mortales en torno de nosotros, vigilándonos tras las paredes transparentes del acuario circular. Lo peor había de venir después, cenando, pero porque la cinta era de miedo, o sea de vísceras, de monstruos, esas cosas. La policía ha estado siguiéndonos toda la noche, al parecer; el amanecer nos ha sorprendido en una iglesia, sus campanas han sido nuestro despertador. Agazapados tras una columna, hacíamos recuento de los raptos miméticos de esta semana. Hacíamos chistes sobre liarnos petardos con papel biblia. Tras tanta suma buscamos algo que nos reste, pero qué.
Solo tras el desayuno los medios han venido hasta el burguer y ahora todos saben nuestra historia. Al parecer, ahora todo el mundo se ha vuelto loco. Debimos hablar ante las cámaras con una inopinada aura religiosa, tal y como se debía entender, hace siglos, dicha aura, ese halo: infeccioso y eslabón de la imparable repetición. Nuestros captores han triunfado tras descubrir nuestro funcionamiento. Y que también estábamos agotados. Imitar no es simular, pensamos, así que hemos cambiado de bando. Se burlan, más allá de los barrotes: nos imitan. Quizás nos lleve demasiado tiempo mirar lo que nos queda.
jueves, 6 de noviembre de 2008
La princesa vikinga

La princesa vikinga inventó el mar
para que nos perdiésemos, borrachos
de aventura, y pudiésemos
echarla así de menos.
La reina del océano, aquella que devora
todo el sudor, partido de antemano,
como una nuez, entre sus quillas,
y nos ordena que rememos.
Como el fuego en su pelo pelirrojo,
para llevarnos, prende el huracán y la tormenta,
agita el mar como quien mueve
su cabeza asintiendo de forma distraída,
quizás para librarse de nosotros,
y arrastrarnos al fondo
de su saliva, donde habitan
engendros abisales que nos miran
para juzgarnos prescindibles,
peones de un tablero que no existe,
normas secretas para un juego
que se hace sin nosotros,
que sólo así ella gana,
esquirlas en su cuerpo de madera y de miel,
restos previos al maremoto.
La princesa vikinga es un hechizo
donde todas las flores son palabras
secretas y sagradas que tratamos
de recordar inútilmente,
un antiguo jardín que alguien perdió
por no saber cómo agradarla. Así su furia
descendió hasta nosotros y se hizo la noche.
La princesa vikinga es un caballo
con senos protegidos por lorigas de plata,
las alas poderosas de un mundo más allá
de los mapas, el músculo del cielo
y un río que desciende hasta el infierno
en misión de rescate.
Su rostro es una luna que nos clava sus ojos
y bebe el pensamiento
para darnos el camino de vuelta.
Amasa el pan cada mañana, el pan
que devoramos a diario
los héroes del amor.
domingo, 2 de noviembre de 2008
Vuelvo enseguida
Quiero decir, si no acaba con mi cordura el Windows Vista, que de momento no reconoce ninguno de mis dos escáners: no puedo, por tanto, acompañar con dibujicos unos cuantos cuentos y otras cosas que acumulo, espero -no se vayan para siempre, por favor, y vuelvan, vuelvan a ratos-, para Vds.








