viernes, 12 de octubre de 2012

La verdad sobre los gafapastas




Ha llegado el momento de revelar uno de los secretos más celosamente guardados de nuestro tiempo: lo que hoy se denomina gafapastas o modernos fueron, otrora, importantes líderes de opinión y rebeldía que alimentaron todas las revoluciones en Occidente; depusieron grupos de poder, marcaron la evolución de las sociedades con su arbitrio y cambiaron, una y otra vez, la faz de la Tierra. ¿Cómo se vieron recluidos a esos márgenes por los que hoy se les conoce?

Periodistas culturales, es decir críticos de cine, de arte, de literatura, de tebeos (¡de tebeos!) son la punta del iceberg de una conspiración mundial, así como sus últimos ejecutores. Tras situar sus prédicas en el exclusivísimo punto de mira de la antigua clase revolucionaria, las fuerzas ocultas que rigen el universo humano imponen, para las reseñas que devoran aquellos que se sienten  la inteligencia del mundo, el encumbramiento de obras inanes y adormecedoras. Las verdaderas obras maestras, devoradas por la sensata espontaneidad del vulgo, quedan así vedadas a cualquier conato de injerencia por parte de los sedicentes. Es también una broma cósmica: los que alardean del buen gusto, del único buen gusto posible, no disfrutarán jamás de los mejores bocados, que desprecian amparados por aquellos que ellos creen los guardianes de su criterio, sus sacerdotes y aliados.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Cuaderno abierto





Estimados suscriptores y amigos de esta página: 

Porque voy retrasándome en actualizarla, les recuerdo que tengo otro blog, más centrado en mis ilustraciones y donde me muestro más activo últimamente. Les dejo el enlace:

miércoles, 1 de agosto de 2012

Es el final de lo que me sucede



Es el final de lo que me sucede,
pienso un instante, sin seguir el pensamiento.
Quiero decir que no lo continúo.

Una limitación
bastante razonable
para una fantasía que funciona
igual que una pianola.

Arco iris mecánico
tras una lluvia imaginada.

Lo que dura la sensación
es todo aquello que saco de ese momento.


miércoles, 13 de junio de 2012

Los altos muros de una fortaleza vacía






Igual que el Emperador Legendario, que se manifestaba al azar en alguna de sus numerosas provincias para perpetuar la posibilidad de su existencia; de la misma manera, en ocasiones, me sorprendo olvidándote.

domingo, 10 de junio de 2012

Esto no es una pipa


Dice Guindos que este rescate no lo va a pagar la sociedad española. Ya no es que nos tomen por imbéciles, es algo más profundo y definitivo en su irrealidad tras tanta mentira reiterada y asumida como mentira desde el mismo momento en que se enuncia. La metarrealidad que así se crea genera bucles sin fin donde quienes hablan y quienes escuchan nadan en todas direcciones pero hacia ninguna parte: esto no es una pipa, esto no es una pipa.

jueves, 31 de mayo de 2012

Me he quedado sin conversación

 

Me he quedado sin conversación, sabía que esto iba a suceder. Como un cazador que tiene sus flechas contadas, he tratado de administrar con cuidado, todo este tiempo, mis intervenciones entre los demás. En ocasiones, es cierto, he gastado alegremente mis palabras como si mi repertorio de ellas fuese ilimitado: si tarde o temprano esto iba a suceder -oh, sí, lo sospechaba, lo sabía-, ¿por qué no tratar de brillar mucho, siquiera por un rato sentirme el centro de atención, parte en todo caso de la máquina bien engrasada de la vida social? He disfrutado abandonándome a esa inconsciencia que supone hablar por hablar, reír y bromear, contar anécdotas sin fin. Ahora, sencillamente, voy a tener que acostumbrarme a que todo eso se haya terminado: mis amigos me toleran a duras penas, sospecho que se sienten obligados pro el vínculo que nos ha unido estos años. Pero crece entre ellos la incomodidad, creo que muy pronto van a darme la espalda. ¿Cómo culparles? ¿Por qué seguir dando cobijo entre ellos a alguien que no les aporta nada? Lo que más temo es que interpreten mi silencio como aburrimiento o desdén.

En el trabajo cumplo con mis obligaciones lo mejor que puedo. En los lapsos inevitables en los que uno debe rendirse a las confidencias y la relajación entre iguales, me he esforzado por participar disfrazando la verdadera naturaleza de mis aportaciones, escasísimas por lo demás: su condición de torpes imitaciones y repeticiones de lo que los otros hablan. Creo que se van dando cuenta de mi maniobra y debo allí también, en el trabajo, confinarme de forma progresiva. 

Paso revista mentalmente a todos los temas que me han servido siempre para conversar y sentirme parte de los otros, de la gente: no me puedo creer que los haya agotado, debe de haber algo que aunque sin resultar especialmente novedoso yo pueda convertir en una suerte de variación, de variación desesperada. Pero es inútil, no lo encuentro. A todas horas trato de permanecer solo, es la única forma de poder ocultar mi anomalía. Mi expresión vacía, inútil, tan estúpida. Mi encogerme de hombros, mi darme media vuelta, mi silencio.

domingo, 27 de mayo de 2012

Revolución



Donde unos invocan lo incomprensible, yo dudo de mi inteligencia. Todas las tardes que hace buen tiempo, leo en mi terraza sentado en la misma orientación con respecto al sol para que su luz no me moleste de forma directa. Pero hoy el sol se sitúa en un lugar no acostumbrado. Antes de acudir a lo sobrenatural, repaso mentalmente mis muy básicas nociones de astronomía y concluyo, sí, en la imposibilidad lógica y física de tal suceso.
Quizás el pedazo de tierra sobre la que se asienta mi edificio se ha desplazado en un ángulo de noventa o cien grados, ¿o no podría el sol haber contravenido por un breve lapso de tiempo, el que le bastaba para esta modificación, las leyes que me enseñaron de niño? Si ha sido la tierra quien se ha desplazado, ¿lo ha hecho aquella sobre la que se hunde y se levanta mi edificio, la que corresponde a todo mi barrio o a la de toda la ciudad? Un desplazamiento de fallas y de estratos extraordinariamente imperceptible, silencioso, o del que yo no me he enterado, pero es que yo nunca suelo enterarme de nada, quizás todo ha vibrado durante medio minuto pero yo estaba ensimismado, reconcentrado en alguna de mis modestas, inútiles actividades.
Puede tratarse de un movimiento tectónico que afecta a la península entera en la que se halla mi país, o acaso el corrimiento geológico ha variado la distribución continental a un nivel planetario. En cualquier caso, no ha habido terremotos ni desastres: ya me he encargado de comprobarlo en internet y en el resto de medios. Nadie parece hacerse eco. Desconozco, por tanto, la escala del desconcertante cambio en la posición del sol, que es, no debo olvidarlo, el centro de nuestro sistema solar, y una humildad elemental me lleva a descartar, para explicarlo, la elección entre una posibilidad macrocósmica o una local, incluso diminuta: quizás se trata de un sencillo problema de comprensión personal, de falta de inteligencia; una torpe desorientación por mi parte, un detalle acerca de estas cuestiones que no percibo bien o que malentiendo.
Corrijo la orientación de mi silla sin darle más vueltas, decidido a no comentar con nadie el estrambótico suceso, mañana en el trabajo: acostumbro a no reclamar la atención ajena sobre mí y mis poco importantes circunstancias, es algo que no pienso corregir ahora, a pesar de todo. Trato, incluso, de moderar la expectación que ya estoy sintiendo por la llegada de la tarde de mañana, pues debo gestionar con calma mi curiosidad hacia la posición que vaya a ocupar el sol entonces, cuando siga leyendo la novela que leo o que trato ahora de leer, es bastante interesante y me está gustando mucho, bastante más que estas torpes pugnas con mi inteligencia para colegir la causa y el alcance de esta extraña variación de la trayectoria del sol en el cielo.
¿No debería sentir, más bien, curiosidad por saber si hará buen tiempo mañana y, por tanto, si podré salir como acostumbro a esta terraza, para continuar con la lectura de mi novela? Si lloviera o hiciese frío, ¿debería perturbar mi tranquila y atenta lectura a cubierto, dentro del salón, con el impulso de mirar a través de las cortinas para comprobar la posición del sol? No hacerlo, ¿no comportaría para mi carácter una detestable indolencia? Todas estas paradojas me atormentan, ya he desperdiciado demasiado tiempo explicándolas aquí y ahora, arrogando a mis pensamientos un interés que palidece frente al legítimo y verdadero que el autor de la novela que leo sí ha sabido urdir, con su profesionalidad, con su trabajo, para sus lectores.
Creo que voy a corregir de nuevo la orientación de mi silla con respecto al sol, para situarla como estaba, como acostumbra a estar: toda esa luz me molesta y me deslumbra en penitencia por mi falta de humildad, mientras trato de leer y aprovechar una tarde de la que ya he desperdiciado buena parte considerando todo esto.  

sábado, 26 de mayo de 2012

Apuntes para una genealogía de la literatura dibujada: Thomas Kyd y Samuel T. Coleridge presagian, sin saberlo, los tebeos

Un dibujo es igual que un poema, como un árbol es semejante a un pájaro
-Juan Carlos Mestre

En el número 30 de El coloquio de los perros, recién editado, pueden encontrar mi artículo cuyo título he dejado también como título de esta entrada. Aquí les dejo algunos extractos:


"Si el dibujo queda situado en un estadio previo a la palabra, como cuerpo que imita al cuerpo antes de que aparezca el cuerpo de la palabra, garabato que el niño improvisa en el margen de sus libros de textos durante las aburridas clases, sería a su vez el primer balbuceo de la representación mental, un paso previo al símbolo: imitación primera —o segunda, si consideramos lo gestual y pre-teatral— de lo que puede verse, muesca en la pared de la cueva platónica y que representa muy bien, en un primer momento pero también quizás en un último momento —¿hay, por ejemplo, algún episodio bíblico más plástico que el Apocalipsis?—, al hombre como animal que representa. […] Como en Oriente, la palabra y la cosa vuelven a acercarse a partir de la representación pictográfica, en nuestros kioscos de hoy: los del siglo XIX, locus solus, y los del siglo XXI, locus conectado. Y, si incluimos como bagatelas a los tebeos, podremos afirmar junto a Coleridge que:

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"Lo que buscamos entonces en la tragedia, que alguno sabios de la Antigüedad tuvieron por el máximo esfuerzo del genio humano, el mismo placer, lo recibimos de una novela recién publicada y otras bagatelas de hoy en día (15)"


lunes, 21 de mayo de 2012

Mis aventuras con la belleza



Estoy al fondo del canal,

bajé para estar solo.

Durante un tiempo tuve frío,

pero ya no. Veo las nubes

en las cuencas vacías de mis ojos

y soy amigo de las moscas subacuáticas,

¿existe algo así, sabes de lo que hablo?


Soy partidario de toda mitología,

me gusta oír historias,

pero las odiaré si insisten tercas,

una versión tras otra, en acabar mal.



Qué fastidio, el eterno retorno de lo feo.

Oigo a las moscas relatando sus narraciones asombrosas

alrededor de la basura. Vivimos en el fondo, ¿qué esperabas?,

de un antiguo canal urbano. Vimos a los fenicios,

Griegos, romanos o vikingos, todos gentes de sed

buscando el mar en una charca.

Somos muchos aquí. Vemos ranas, ratones,

Homero lo cantó pero nadie se acuerda.

La Batracomiomaquia acostumbrada, aquí en el fondo.

Un cierto aliento épico que explique todo o nada.

Un portal de Belén en los desiertos de la Luna

cuando la Luna canta en los reflejos del canal.



Aquí, en el mundo sublunar, todo transcurre muy despacio:

Imagina mi mundo subacuático. Sumérgete y ven a verlo.

Viene una multitud de patos flotando en los detritos,

en burbujas fosforescentes y, chico, era el progreso.

Resulta algo repetitiva, su canción,

pero dicen que acaba bien.

Espero que sepan de lo que hablan.



Mis hermanos del agua,

de la tranquilidad flotante, de la torpeza y el tartamudeo,

contadme lo que veis, cuac-cuac, allá arriba.

¿Puedo escuchar a las aguas cantando?

Solo lo imaginaba.

Hace tiempo emergí

y todo lo que escucho

no es más que mi respiración.


Suena La Luna, de Holger Czukay.



Montañas, gigantescas.

Puedo sentirlas sobre mí.



Renuncias a tu inteligencia.

Bueno, no me costó ningún trabajo.



Aprendo a hablar primero

para venir aquí después,

para decirlo.



Hasta que ya no tengo nada que decir.



Bueno, pues ya me he ido. Ya no estoy.

Regresaré si me apetece,



Me bajé del caballo,

he regresado a pie.



Lucrecio afirma la uniformidad

del mundo, y para tal

improrrogable veredicto, aporta

la siguiente razón:

que no puede cambiar de forma

lo que originalmente

carece, en sí de forma.



El sol anida en la ciudad del polen.

Otro propósito no existe



Sueño con regresar,

solo que no sé adónde.



Donde piafen los pájaros

y canten los caballos.



Tarde o temprano voy a descansar.



No pienso hablar con nadie más

mientras regreso a casa:

es un viejo consejo que me dieron mis papás.



No sé si ya he dicho que me bajé

de mi caballo y que

he regresado a pie.



Bueno, pues ahí estaba,

al fin la había encontrado.

No estaba en el fondo del mar,

ni mucho menos, tra-la-rá:

estuvo ahí delante todo el tiempo.



Soy la belleza, dijo,

y estoy muy enfadada.


jueves, 19 de abril de 2012

Mi vida sin los errores que cometí





En la circunferencia
de lo que te atormenta hay una brújula.

Viaje perfecto, círculo perfecto.

En lo que te atormenta
no hay ninguna brújula.

jueves, 22 de marzo de 2012

Pamemas y Platón




Platón vino a mi boda, y lo pasó tan bien

que decidió quedarse un tiempo en nuestra casa.

Solía entretenerse

jugando con los gatos todo el día.


Todo lo apocalíptico es platónico,

leo en la prensa.

Globos que vuelan, entelequias,

tartas de fresa y chocolate

tan solo por un euro

o poco más:

es un ejemplo.


Oh buenos días, posibilidad:

te amo porque eres amable


Me gustan las terrazas

donde la gente se ha marchado,

los veranos vacíos

donde no queda nadie,

los gatos que vigilan soñolientos

fantasmas de su mundo

antiguo, misterioso,

y aquello que no urge vigilar.


Mira, me dicen antes de dormir:

era la realidad.


Es el olvido un caracol.

Sus babas, la memoria.


Materia oscura, débil

de los cuerpos que atraen

todo lo que sobre sus uñas se desliza.


No contra cada uno de nosotros, ella y yo,

sino que, para siempre, contra todos los demás.


Preferiría no recuperar

esa clarividencia.


Aquí y ahora, sí y no,

incongruencia y discontinuidad.

Disponibilidad total.

Docilidad y sensatez:

no me lo imaginaba.


La realidad no escribe más allá

de sus líneas de realidad.


Articuladamente estéril

para la concatenación,

mi libro veraniego-japonés

llega a su término, o

no estoy seguro:

tendría que esperar, en todo caso, a otro verano.


Mi invisible lectura ineficiente,

solo visible para mí,

útil tan solo para mí.


Qué buen sintagma, si tuviese buen señor.


Escritura automática,

mi vieja amiga: ven a verme

cuando las ranas críen ranas.

No has conseguido que me pierda, pero puedes

intentarlo de nuevo.

Yo te ayudo.


Platón ha regresado ya

a su país del aire:

adiós, Platón, te amamos

y te echamos de menos.


Cuando llega la hora de la siesta,

es decir a cualquier hora del día,

oigo las uñas de los gatos

restallando sobre el parqué.


Que van y vienen,

ya lo suponía.


Que están alrededor,

cómo me gusta.


sábado, 17 de marzo de 2012

Animal fabuloso de veintisiete letras (una plaquette)

Con motivo del recital que di en La Azotea la semana pasada, Colectivo Iletrados reúne en esta plaquette unos cuantos poemas míos, con portada de Cristina Franco. Gratis y listo para ser leído en la pantalla de su PC o de su e-reader:

Animal fabuloso de veintisiete letras de José Óscar López

martes, 13 de marzo de 2012

Pequeña tortuguita, mi anciana maestra zen






He agotado todos los caminos

que conducen del silencio

hasta el aburrimiento que provoca

estar callada tanto tiempo,

dijo mi pequeña tortuga,

mi anciana maestra zen.


He sentido que, a veces,

conversar es cansado,

continuó. Malentenderse

no es una bicoca,

¿quién no detesta los malentendidos?

He charlado con taquilleras

de cines y con pacientes parquímetros,

con todo aquel que yo creí

hubiese visto mucho mundo,

mas ¿quién ha visto el mundo, amigo mío?

Yo lo vi muchas veces, y también

me harté de verlo muchas veces.

Creo que, en ocasiones,

el mundo fue un lugar

muy poco agradable.

Le guardé cierto rencor, pero tarde o temprano

tienes que regresar, chico, me dijo,

para arrimar el hombro.


Arrima tu caparazón, chaval.

he agotado todas las especias para el arroz de los gusanos,

los gusanos voraces que me piden lecciones

como quien pide arroz, como quien vuelve a casa cada tarde

y exige su ración de sueño, algún lugar donde tumbarse y descansar,

una montaña gigantesca de arroz y de guirnaldas,

toda una cordillera mullida, confortable

para el descanso y la reparación

de la espalda del mundo, tatuada

con ideogramas y papel de arroz,

con letras muy antiguas, jeroglíficos que fabulan

con la creación del mundo, de algún mundo que sobrevive

a nuestras ganas de charlar y a nuestras ganas de dormir,

una espalda gigante cubierta por guirnaldas,


Las traemos nosotros y tú vas ayudarnos,

vamos, supongo, ¿no?


Y yo le respondí:

claro que sí, mi tortuguita,

te amo, tortuguita,

y el mundo es necesario.


domingo, 11 de marzo de 2012

Acompañado por la guitarra de Julio Ródenas, y recitando uno de mis "Extractos del Libro de las Diez Direcciones", dentro del ciclo Mursiya Poética, en La Azotea




Mi amante es pudorosa
como la flor del jazminero,
que prefiere caer
y dejarse arrastrar
por las aguas del río
antes que ir al cielo,
multiplicarse y conquistarlo,
y florecer en todas partes.

Todo pudor es un secreto
que quiere ser secreto,
¿por qué yo iría a revelarlo?

¿Qué podía hacer yo
sino caer con ella
y volcar nuestro cielo
para tratar de recoger
todas las flores?

viernes, 2 de marzo de 2012

La felicidad no da la felicidad



Donde los pájaros dan cuenta del festín mañanero

mientras simulan no prestarte su atención,

allí y entonces, sin fingir

la distracción que me asiste casi siempre,

yo te estuve esperando.


Confundido con todas esas chicas

que marchan con sus cirios de benzodiacepina

de procesión al monte. Distraído

y algo confuso, mas no ajeno

al canto que percute más allá

de los postes eléctricos

y de los abedules del paseo

del centro médico,

yo te estuve esperando.


No vuelvas a arrojarme, por favor,

escaleras abajo.


Una inmensa llanura, diminuta

como una nota a pie de página

de un texto que te explica, igual que explica

a todo lo demás, si estás conforme

con todo lo demás

también si no lo estás-:

allí te espero.

Y dije: hágase notar la luz,

y vaya

si lo hizo, anoté

al margen

de mi pequeña creación.

Miro a esas chicas:

no saben del milagro que les golpea el pecho

y las mantiene despiertas: no saben que no fingen

si reconocen a sus cómplices

entre aquellos que ahora sacan

sus móviles y escuchan a Coldplay.


En el jardín del tiempo

alguna flor soñaba

hacerse jardinero”,


cantaba el brezo antes de arder,

de charla con los pájaros.


Tú lógica aplastante es aplastante,

aplastante, repite el pájaro, y

por eso criminal.


Quiero decir, no queda tiempo

si cada cual construye sus propias escaleras:

ascender, descender, salir del laberinto

tan sólo cuando olvidas

que morirás en él,

de cualquier forma.


Mi gato es una rosa

y canta como un pájaro.

Gato, haz lo que quieras.


Ahora que aspiro al podio

tomo el sendero tortuoso

de las rampas.

Aspiro a las alturas como el gato

habita los tejados, e instala en la intemperie

su esperar para nada, somnoliento;

ese acechar la presa de las siestas

también en los armarios, radiadores:

porque esconderse en un rincón

también es elevarse.


Silencio, el dios egipcio duerme.


Recuerdo aquella vez que me contaste

que de niña jugabas a enseñar a leer

a tu gatito; es un milagro, sí, y

también irrepetible, así que, chica,

yo no te lo aconsejaría.


A ti también te gusta la ópera finesa,

la ópera del fin, y sin embargo

he renunciado a ti, debo decírtelo,

porque vives tan solo de tus fiestas

y a mí me dejas solo, siempre cumpliendo años,

con mi cara de tonto y un montón

de velas encendidas

de nembutal y de colirio.


Soplabas de las velas hacia el centro de ti

y, por decirlo de algún modo,

las noches que sudaste a semejanza

de quienes sedarías, y también

el horror de sentir que mi sentido del humor

ya no podría compartirlo contigo ni con nadie

al fin nos quedarían prescritos, porque ¿sabes?,

todas las tartas eran tuyas,

con toda tu energía;

con el limón hacías

confetti para pájaros

y otros animales.


Atención, pregunta:

Animal fabuloso de veintisiete letras.


Querida niña: en China

también hay unicornios.

Bandadas de estorninos encontraron la llave

y han venido a cenar. Se comportan a ratos

y su formalidad, cuando se manifiesta,

es un asunto digno de ser visto

por los que tienen tiempo para hacerlo.

Nosotros no. Segundas partes quedan anunciadas

en las enormes carteleras del cielo de septiembre,

y aún queda mañana por delante.


Porque eres tú quien proporciona el ozozuz

a los furiosos unicornios,

procura hacerte luego,

ya que estás por el campo y vas a volver tarde,

con algo amargo que ofrecerles.

De noche,

en rizomática aspersión, las princesitas

también pierden su tiempo, como tú,

bailando con sus giros en la hierba

de ese jardín que no nos pertenece

ni nos importa, vamos.


Pero procura comportarte, si volvemos.

Señoritas que giran merced a su engranaje,

de fiesta muy mecánica y coral

al pie de las piscinas, también cuando atardece,

aunque se pararán muy pronto.


Aún el gato duerme, con la tarde

no decidida para uno u otro bando:

los enanitos de jardín se baten con las ninfas

por el agua, en su reino imaginario.

Pero yo tengo obligaciones y despierto:

pertenezco a otro mundo,

debo poner mi casa en orden para ti.


La casa del deseo, graznó el poeta pájaro,

el pájaro cantante, el pájaro más pájaro,

desde un balcón cerrado.


La bandeja se cae y con ella el desayuno.

Ven, porque sé ya cómo huir de tanto estrépito.