sábado, 24 de abril de 2010

Óscar Curieses, Dentro


(Reseña publicada en la revista Deriva)


De un tiempo a esta parte se ha sentido con especial intensidad cómo los poetas jóvenes se están lanzando sin red a, según palabras de Wallace Stevens, “descubrir en sus propios pensamiento y sentimiento qué creen que es la poesía de su tiempo”. Son palabras que ya eligiera José Ángel Valente para abrir su libro de ensayo Las palabras de la tribu, y fue Valente un poeta que se situó en el ojo del huracán o, al menos, en unos de los polos de un debate anterior que devino en no pocas ocasiones agrio. Hoy parece imperar un saludable crisol de tendencias y de estilos donde impera la renovación, y en la que los poetas eligen de forma heterogénea, sin complejos, su propia tradición; mezclando herencias que no hace mucho podían parecer irreconciliables, y formulando así lo que creen que es la poesía hoy, y mañana: la que les dice. Incluso dentro de esas nuevas direcciones, parecen abrirse camino proyectos aún más extraños y problemáticos: al margen, incluso, de ese margen que últimamente han construido necesarios manifiestos programáticos y prácticas poéticas. Así el autor de Dentro, que ha elegido su propia vía, acusadamente personal.

Óscar Curieses construye con paciencia una obra sólida y arriesgada, difícil, que no teme herir al lector con imágenes crípticas y sensaciones extremas de una carnalidad que se siente a sí misma insoportable, desde un impulso casi místico pero que vuelve una y otra vez a la carne, a sus límites, y también sus orificios: sexo y excremento. Hay mística en estos versos por todo lo que hay de amor, un amar que es participar de lo amado, y gozar, por ejemplo, de sentirse castrado de lo femenino: “a pesar de la pérdida de útero, a pesar de la carencia de ovarios, la naturaleza madura me embriaga con deseos que quedaron pendientes”. En su primer libro, Sonetos del útero (2007), abundaban los lugares de lo que Eugenio Trías denominaba primera e inaugural categoría simbólica de las edades del hombre, la del Magna Mater o lo material, lo matricial: la cueva-útero y también el toro-cuerno. Aquí reaparecen las dualidades madre/padre, madre/amada, y el nudo familiar pre-cultural –uno de los apartados del libro alude, por ejemplo, al incesto: “Incestare, abortare”-. El correlato etimológico madre-matriz-materia, privilegiado en el primer libro, da paso aquí, merced a la aventura de la palabra poética, a esa etimología inventada llamada paronomasia, al correlato piedra-padre, por ejemplo (“caigo como piedra en padre”). Suenan, así, recreados, los eslabones que Óscar Curieses ha elegido para su propia tradición: la herencia barroca que Vallejo maridara en Trilce con las vanguardias y, sobre todo, con el cubismo y su simultaneidad de perspectivas; o las maneras críticas con respecto a lo que otrora fuera denominado “burguesía” -esto es, la creadora y receptora mayoritaria del producto cultural- que también se hallan en las películas de Ingmar Bergman: no en vano el autor hace constar cuidadosamente al final de sus dos libros, entre los agradecimientos, a los nombres de la heterodoxa tradición que ha elegido. Y este libro, además, esta dedicado expresamente a la obra del cineasta sueco: rastros y algunos de los nudos de sus películas aparecen a lo largo de los poemas, perfectamente integrados en la voz ya inconfundible del autor.

Que no se ha servido tanto, esta vez, de los juegos de palabras y de la tipografía, las amalgamas bisémicas y las homofonías para forjar palabras nuevas y personales, aunque sigue apareciendo algún ejemplo con la misma y acertada expresividad; así como de aposiciones como “hierro manzana” o “boca ciruela” donde antes, en su primer libro, era la “carne azúcar” o el “dolor almendra”: la materia, lo comestible, así como aquello de lo que no podemos huir; tanto como aquello que nos libera: las “venas cuerdas” y también el “agua-sangre”. Hipóstasis gramatical y también mística, en una mística material en la que el dentro y el afuera se confunden, confusión que sirve para ex -poner ahí afuera, en el poema, el dentro: “Y el llanto del niño dentro de la amada, como una fruta en el hueso”. Maridaje natural, podemos pensar, entre Ingmar Bergman y Juan Ramón Jiménez, por ejemplo en el poema “Te vengo a visitar como recuerdo”.

El mito clásico, desde Freud, pasa por ser un caso clínico, se renueva para convertirse en formas de nombrar la enfermedad. Curieses bucea en el mito y la enfermedad, con una suerte de psicoanálisis salvaje para un visionarismo salvaje, procedimientos en los que caben los fecundos experimentos que ya llevara a cabo en su primer libro: en el primer poema de este Dentro, y en su primera estrofa, es el protagonista quien ve nacer de entre sus muslos un pájaro manchado de sangre y excrementos; pájaro al que el protagonista poemático le corta el cordón umbilical. Hay un proceso dialéctico, también presente en Sonetos del útero, especialmente terrible en la parte final de ese libro, que acoge los poemas de datación más temprana del autor, la serie llamada “Biolencias”: todos ellos terminaban con el verso “-Tan cerca ciñes tu abrazar que me desuellas”. Es un proceso experimental y dialéctico que reaparece en Dentro y pasa, por ejemplo, por la permutaciones al estilo del Bronwyn de Juan Eduardo Cirlot pero dentro de un sentido más accesible, menos cerrado (en el poema “Para estar / sola / vuelvo / a la locura”) y que va alcanzando su remanso en el capítulo titulado, precisamente, “Contralenguaje”, donde el símbolo del mar, que parece ir sustituyendo los símbolos de la atormentada interioridad, alcanza su clímax: así el primer poema de este apartado, que termina: “El océano nos arroja eternamente en el vacío de los nombres para decirnos una sola vez” y en el segundo y último, de título “Traducción de Ulises o los heroicos buzos de piedra”, que desde una expresión ya más “tradicional” –traducida, si se quiere- marca la inflexión hacia cierta narración en el apartado “Carne”, y el final en “Transparencias marinas” donde tienen cabida, como en el resto de su producción y como resultado de ese proceso, los procedimientos de ruptura aliados con un aliento de rotundidad clásica, hallando en ambos por igual resultados de altura: “marea de caballos transparentes”, termina el primer poema de esta ultima sección; y “Toda vida es barco. Todo capitán es ciego. ¿Qué es el mar?”, termina el segundo. Y encontramos, cerrando el libro, un definitivo “amamos la mar muerta hasta el naufragio”.

Cuentan que los pintores impresionistas miraban espejos negros para descansar su mirada de la búsqueda incesante del color y el movimiento. “Quiero lavar mi culpa en aguas negras”, dice el protagonista poemático de este libro: el buen salvaje lava su sangre en la mística, en la confusión de voces y personas maridadas por la sangre, por el dolor, por lo inevitable, y en la biolencia expresiva. El niño que aparece al principio de Persona de Bergman ha crecido, heredando el dolor insoportable de la protagonista de la película. El hijo toma el lugar de la madre y la madre de la hija, del padre, el niño del anciano: la comunidad del ser, dolorosa como negación del individuo, pero también la negación de la comunidad y la individualidad dolorosa que se sabe irremediable y trágicamente sola. La voz de este libro enfrenta su mirada una y otra vez, en desafío, al sol: un sol negro, un sol de estiércol. Es la mirada que aún conserva la inocencia en su querer forjarse humano, que en su renacer continuo enfrenta su pura animalidad, lo excrementicio que nos queda y que nos constituye, la jaula contra la que luchamos.

La presencia del excremento en la poesía de Óscar Curieses nos lleva a la alquimia, en la que lo de-pósito, lo podrido, representaba un eslabón fundamental de este proceso esotérico que, como Jung recordaba, simboliza una transustanciación/proceso de sublimación espiritual. No en vano la poesía de Curieses invoca una y otra vez la materialidad, la jaula de carne, en su anhelo materialista-místico: un descenso que es una recapitulación sobre un ascenso, estudio del devenir y el renacer justo antes de que este sea posible, para acceder así a lo que Jordi Doce, refiriéndose a la poesía de nuestro autor, ha denominado como su perpetua posibilidad: “En la no-zona, en el vacío, en el no-ser, nuestro amor es sólo pérdida. Pero algún día será orificio de lo eterno”.

A uno de los proverbios del infierno de William Blake, “Guía tu carro y tu arado sobre los huesos de los muertos”, los versos de Óscar Curieses pudieran añadirle: y sobre los huesos del padre y de la madre, y de la amada, de los vivos, que son, sin solución, los de uno mismo. Antes hablábamos de debates y polémicas en anteriores promociones poéticas, y pareciera que, al menos en la obra de Curieses, ya no hubiera tanto una necesidad de “matar” al padre, -de luchar contra él para conquistar un espacio propio- como un luchar contra uno mismo. Además de que Edipo, aquí, debe vérselas con la enriquecedora y culminante confusión de los sentires masculino y femenino, ese viejo proyecto para el hombre que ya se preconizara, por ejemplo, en algún evangelio apócrifo; matar al padre o a la madre, así como amarlos, se convierte para el sujeto poemático de nuestro autor en una cuestión interiorizada y consciente. Con la consciencia tanteadora, tensa, de luz y oscuridad, de la poesía: sabedores del nombre de la enfermedad y del mito, solo nos resta luchar contra nosotros mismos y ayudar a nacer a ese pájaro sangriento con el que se abre este libro. Si el entusiasmo es salir de uno mismo, hundirse en un autismo de imaginación desatada es también una forma de entusiasmo, contradicción que desemboca en el éxtasis problemático de la expresión poética de Curieses. Dolor de soportarse a uno mismo en ese éxtasis y, finalmente, sostenerse a uno mismo en lo que uno hace, como “el árbol cuelga de su fruto” en este Dentro igual que en Sonetos del útero leíamos: “la madre yace muerta ante su madre”, y aun en las “Biolencias”: “el martillo es la abstracción de sus martillazos”.

Cuando la poesía no se produce, sino que produce a quien la sostiene. Y la inventa de nuevo, necesaria.



[Primera fotografía de José Manuel Gallardo]