miércoles, 18 de noviembre de 2009

Miniaturas


Los coleccione durante un tiempo, y ocuparon mi casa: objetos absurdos, diminutos; bagatelas. Paseaba entre ellas y me sentia un relojero de lo inutil, guardian de lo inexacto y lo perecedero.

Un dia desapareci. Lejos, mas libre, busque despacio los fragmentos de aquello que yo fui. Pero no era facil y probe a hacerme como yo quise: la memoria no era, por fortuna, una prerrogativa; quiero decir obligatoria. Lo supe entonces: aquello que creemos ser, y que nos constituye, constituye un obstaculo.

Objetos, como insectos: aun sueño con ellos. Atraviesan mis noches en hileras, construyendo un espacio lentamente -noche tras noche avanzan sin obstaculos- donde yo ya no quepo. Pero me reconforta saber que sigue ahi, ajeno a mi: porque se que me cuento ya entre ellos, y que con ellos atravieso el fondo de las noches

Cada mañana despierto en una casa vacia, mas pequeño cada vez.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Nueva sentimentalidad


¿Por que no me llamas? Crei estar huyendo de ti, pero eres tu quien huye siempre. Los cables de la luz cantan tu nombre mientras los dejo atras en la autovia sin dejarlos atras: aqui delante se prolongan, en este hacia adelante indefinido que construyo pisando el acelerador.

Se que hay un lugar donde permanecemos, como hay un momento que se esta prolongando desde siempre. Conozco ese camino, lo practican aquellos que lo olvidan. Te busco porque quiero enseñarte el camino: aun no lo olvidaste, y te persigue.

Llama. Hazme real el tiempo necesario para que yo te traiga aqui, conmigo, donde las huellas animales vibran con esas cuerdas, vibran y se prolongan mas alla de la vista: donde las huellas no han dejado aun su peso, pero se inscriben lentamente y siguen avanzando, y alejandose.



Tiene que haber un telefono al final de los cables

Cul-de-sac

domingo, 15 de noviembre de 2009

Una marea


Sube la marea y queda atrapado. Abandona el coche junto al rio circular de agua, pero apaga el motor solo cuando comprueba, mirando desde lejos, todo lo lejos que puede, que no parece que el agua vaya a subir mas.
Enciende un cigarrillo y prueba a situarse en el centro de esa isla momentanea, para mirar en derredor. El cigarrillo se le cae, ¿esta mareado? No, es algo asi como una fuerza magnetica: hace saltar las cosas de sus manos. Recoge el cigarrillo, que ha amenazado, rodando, con llegar hasta el agua. Sigue caminando, lo hace en circulos: moviendose sobre sus piernas, sintiendolas moverse -y el encaramado alli, encima-, se siente mas seguro.

Pasan las horas, la noche cae despacio. Se sienta en el suelo, cerca del coche. Maneja con cuidado cada uno de los cigarrillos que, con paciencia, vuelve a encenderse.
Es una forma extraña de sentimentalismo, piensa. Pero aqui y ahora, piensa tambien, no le queda otra cosa.

No es un pensamiento negativo. Es tranquilizador.

martes, 10 de noviembre de 2009

Paris era una siesta


Me levanto de la siesta dispuesto a volcar mis notas para un articulo sobre Thomas Bernhard. Quiero anotar tambien unas ideas que se me han ocurrido sobre Barrio Sesamo -ideas nada serias y mucho menos reveladoras, si es que fuese necesario advertirlo, en torno a una analogia entre el porque ame Barrio Sesamo y el porque amo a mis gatos-, tras ver sobre su aniversario en el telediario y llevar toda la semana viendo los muñequitos de Barrio Sesamo adornando la pagina de Google.

Proyectos, proyectos y la firme voluntad de llevarlos a cabo. Voluntad: es un decir. Mejor llevarlo a cabo todo como un sueño, como la prolongacion de un sueño, el sueño de una siesta, el de una siesta breve. Breve, continuada. Recuerdo ahora a Shakesperare, por todo eso del sueño. ¿Dormia Shakespeare la siesta? No, me dice Bukowski: Shakespeare nunca lo hizo.

O sea, que las ganas de trabajar se juntan con el trabajo. Trabajo: es un decir. Pero el portatil se me fastidia. Y eso no es un decir, sino, mas bien, un no poder decir; no hacerlo hasta ahora, unas horas mas tarde. Todo lo anterior se me ocurre ahora, justo antes de decir lo que queria decir: que llevo desde las cinco de la tarde delante de un portatil que se ha fastidiado y que me muestra una alarmante pantalla en azul llena de numeros y de ordenes y advertencias en ingles. Me muestra esa pantalla justo antes de apagarse. Perdon: de reiniciarse. Y volver a la pantalla en azul. Y volver a reiniciarse.

Ahi estoy yo: ahi delante. Metido en ese bucle. Asisto a el, muy quieto: hipnotizado.

Siento la tentacion de maldecir al ordenador. Pero me siento culpable de sentir tal cosa. No puedes maldecir lo que amas. Yo amo a ese estupido cacharro. No es estupido, estupido. Que culpabilidad. Deja que el se aclare: se arreglara en silencio, por si mismo.

Debo invertir la tarde en algo mas. Me pongo una pelicula en la otra habitacion, en la de arriba. Tokyo Drifter de Seijun Suzuki. Que bien pinta, justo desde el comienzo. Que grandes los primeros veinte minutos. Pero no puedo seguir ahi, ahi arriba. Pues me siento culpable. Disfruto demasiado. Ah, que: la culpabilidad. Como si no disfrutase abajo. Y vuelvo abajo.

Arriba y luego abajo. Aqui. Pruebo a encender de nuevo mi pobre ordenador. Sigue en las mismas. Y llego aqui, a este otro aqui: al viejo ordenador. El que carece de tildes. Reflejo de mi pobre voluntad. Una diccion sin fuerza.

Ies sin tildes y sin puntos, correteando histericas.

Y aqui iba a dejar de escribir todo esto, a contar por que no puedo hacerlo, pero justo entonces y no antes percibo que el gato, entre el teclado y la pantalla, se yergue muy sereno, con los ojos cerrados. Meciendose en su suave ronroneo -se mece: es literal, y puedo verlo; ajeno, asi, a todo aquello que nunca participa de su siesta. De su eterna y continua, breve y continua siesta.

Me recuerda que existe siempre una posibilidad.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Entrevista a Antonio Luque/Sr. Chinarro

(Pinche aquí para saltarse la intro)
Me dio a conocer sus discos mi hermano Álex, y aunque me encantan todos siento especial fascinación por los más raros y herméticos, por los más atmosféricos pero también por sus momentos más verbenero-surrealistas. Hace tiempo que tengo como melodía de mi móvil una canción suya. Hace seis años, no solo escuchaba sus discos, sino que los escuchaba de forma obsesiva: me hipnotizaban. Ya lo conté en una de las primeras entradas de este blog.
No sé si debí contárselo, a lo mejor pensó que estaba como una cabra, pero es que hace seis años escribí las primeras cien páginas de una novela -esa novela impublicable de la que os hablado otras veces, y a la que aún añado, a ratos, frases, párrafos, alguna hoja- escuchando una y otra vez, y otra vez, y otra vez, su El porqué de mis peinados.
Pues se lo conté. "Estaaás como una cabraaa", pudo haberme cantado con una de las melodías de ese disco. Conocerlo en Blanca estuvo muy bien, había ido allí a presentar su libro de relatos Socorrismo en el marco de la semana de edición de libros independiente. Y además, qué regalo, a la noche se subieron él y su guitarra en el escenario en el que la típica banda verbenera de pueblo iba a amenizar en breve las fiestas del lugar, y ante quince o veinte de nosotros nos tocó en primicia absoluta varias canciones de su próximo álbum.
Un regalo, sí. Y un marco imcomparable, como quien dice: por el precioso valle del Ricote a nuestra espalda y por el coro de viejas que, hacia el final del pequeño recital de Luque, coreaban ya zumbonas: "¡Queremooos bailaaaaaar!".
Y que conste que allí solo bailaron al final los escritores, con Jesús Ferrero a la cabeza del cortejo dionisíaco y pidiendo canciones y más canciones a la banda verbenera a pie del tablado.
Todo esto lo cuento ahora por la entrevista. Bueno, pues que antes de conocerlo ya me lo avisaban Juan de Dios y sobre todo Zoraida, que con el entusiasmo que le caracteriza me gritaba:
"¡Que le hemos hablado de ti y le hemos dicho que lo vas a entrevistar!".
"¿Cómor?", aventuré sin entender nada.


(Además de las exclamaciones y su perpetuo y maravilloso entusiasmo, es de Zoraida Angosto también la fotografía)

sábado, 31 de octubre de 2009

No puedo dejar de escucharl@



Llevo una semana sin parar de escuchar un disco de Nico, Desertshore. Sobre todo las dos primeras canciones: "Janitor of Lunacy" y "The Falconer". Estoy colgado de su belleza gélida, en el límite entre la asonancia demente y la majestad entre los hielos.
Los hielos de un desierto, de su orilla.

Iba a postear los vídeos del youtube, pero no los hay. Bueno, hay una versión en directo de la primera. Pero no logro enlazarlo.

Solo quería decir eso. Y nada más. Decirlo y volver corriendo a ese disco. Escucharlo una y otra vez. Esas dos canciones, sobre todo.
No tratar de expresar nada, más allá; ni intentar crear nada, inútilmente, sobre aquello que ella creo allí una vez.

Solo deciros que vivo allí, cuando nadie me ve.

martes, 27 de octubre de 2009

Recital en la feria del libro de Murcia


Quedan ustedes invitados.




P.D.: Acabo de darme cuenta que he tachado, al subrayar en amarillo, la hora: es a las 21:00.

domingo, 25 de octubre de 2009

Sigue sin anochecer en Ciudad Dormitorio



He actualizado mi otro blog, No todos los días anochece en Ciudad Dormitorio. No había puesto enlace a él hasta ahora, porque esperaba a que la historia que tengo pensada para este cyber-tebeo en construcción fuese tomando forma. Pues creo que ya lo va haciendo. Espero.

domingo, 18 de octubre de 2009

La novela es un paseo: paseando por Los domingos de Jean Dézert de Jean de la Ville de Mirmont


(Artículo publicado en la revista Deriva. Les dejo aquí una versión ligeramente extendida -he añadido los párrafos antepenúltimo y anterior al antepenúltimo).
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LA NOVELA ES UN PASEO:
paseando por Los domingos de Jean Dézert
de Jean de la Ville de Mirmont




La literatura es un paseo. Del mito a la ficción, y viceversa. Ubíquese la realidad en el momento del paseo que se prefiera; a gusto del paseante.

Es muy probable que la historia de la literatura empezase con la narración fantástica, con el relato maravilloso e imposible; pero ese relato y esa historia acaban desembocando, de una forma u otra, en la realidad. La historia de la novela comienza con el viaje de Odiseo para volver a casa tras la guerra y acaba en un paseo por una de estas calles dispuestas en torno al Mediterráneo en las que vivimos; pero a mitad de camino el personaje se explica: así Odiseo rinde cuentas de sus increíbles aventuras con gigantes, ninfas y monstruos ante la muy real corte de Alcínoo; así Don Quijote trata de encarnar las altas hazañas de esos héroes con tan sonoros nombres que protagonizan sus novelas preferidas, para vivir la aventura de su propia novela en las muy reales y agrestes llanuras de La Mancha de su tiempo; queriendo explicarse esas novelas a través de su experiencia real. La literatura o la historia de la literatura, la historia de la novela, las mismas novelas son, sí, paseos de ida y vuelta. Podemos recordar la ya clásica figura, a través de Walter Benjamin, del flâneur, noble denominación para el desocupado que pasea su ociosidad culta por los bulevares que abren en París, y desde allí para el resto del mundo, el periodo conocido como modernidad. Un poco más allá de esa modernidad, Cervantes saca a pasear al lector de las pasadas fantasías caballerescas por las nada caballerescas planicies de la Castilla de su tiempo.

No en vano una cita de Cervantes abre la narración de este paseo por nuestro mundo moderno que es Los domingos de Jean Dézert –abre el primer capítulo: el segundo lo hace una cita de Aventuras de Robinson Crusoe-: igual que Odiseo deberá llamarse “Nadie” al volver a casa, o igual que Cervantes omite el lugar en el que vive Alonso Quijano, entre otras muchas razones probables por su vulgaridad –alejada de la sonoridad rimbombante de los topónimos de las narraciones caballerescas-, el protagonista de la novela de Jean de La Ville de Mirmont pertenece a un “linaje plebeyo” que sirve para “acrecentar el número de los que viven” -cito de la cita que de la Ville de Mirmont hace de Cervantes-. Juan Desierto, Juan Nadie: “Nadie lo distinguiría entre la multitud, de tan incoloro como va vestido” (p. 21); ropas arrugadas, “un cuello postizo demasiado grande y una corbata cualquiera […] Sus zapatos cansados“ (p. 21); con respecto a su bigote “cuesta concebir su función, incluso su utilidad, en una fisonomía de aspecto tan discreto” (p. 21). ”Su vida –tal vez más adelante sacaremos de ella informaciones útiles- no ofrece nada que no sea muy mediocre, en apariencia” (p. 22). No es esta una historia de superación de la medianía, pues la gran novela del siglo XIX ya ha relatado la ascensión y caída de cientos de arribistas sociales. Una prostituta le ofrece sus servicios al final de uno de sus domingos, pero él arguye que no están previstos en su horario. Y añade que, además, apenas le queda un par de monedas en el bolsillo. “¡Anda ya, muerto de hambre! –murmuró la mujer-. ¡Métete una pluma en culo y parecerás un pájaro!”. Y él responde, o más bien se pregunta a sí mismo: “¡Unas alas!... Pero, ¿para qué?” (p. 58-59).
La literatura es un paseo. Desde lo fabuloso a lo cotidiano. Los surrealistas, que trataron de arrancar lo primero de lo segundo, fueron grandes también grandes paseantes –los situacionistas lo heredarán de forma directa de ellos, con una intención análogamente revolucionaria, con su práctica de la dérive. Breton ve hombres de negro que lo vigilan en sus paseos, en El amor loco[1]. Robert Desnos, el poeta hipnotizador, se transmuta en el Corsario Sanglot para ver, en las calles de un París alucinado, luchar cual prematuros Power Rangers a gigantescas versiones animadas de las imágenes publicitarias de Michelín y el Bebé Cadum[2] –una marca de jabón-. Jean Dézert también contempla publicidad en sus paseos dominicales, pero no desde la hipérbole del sueño y la fantasía, sino desde la más anodina realidad: “En los tiempos del ómnibus, sentado en la imperial, le gustaba seguir los trayectos desde el principio hasta el final. Así leyó una cantidad considerable de anuncios y meditó sobre los nombres de muchos empresarios. / Estas son sus diversiones” (p. 24). Y más adelante: “Jean Dézert, para evitar el sueño, tuvo que recurrir a la lectura de los paneles publicitarios que borden la vía” (p. 85). En el punto climático de la novela, en el que los avatares del argumento tienen en vilo a Dézert, un “anuncio eléctrico”, de nuevo la publicidad, lo despierta y le hace “recuperar una noción más exacta de las cosas” (p. 107).
Los hombres de negro que contempla Breton, en la no paranoica asunción de los asuntos del sueño de La Ville de Mirmont –“locura: lámpara encendida”, escribe Carlos Pardo[3]-, se diluyen y alejan en la forma de “la marea monótona de sus anónimos paraguas”. Porque Dézert se halla en la encrucijada de los distintos tipos de héroes de la novela de la modernidad: mucho más allá, decíamos, de la hipérbole decimonónica y mucho más acá de la hipébole del Bartleby de Melville o del héroe walseriano o kafkiano; así, también sobre la publicidad encontrada en el deambular callejero, encontramos que el paseante de El paseo de Robert Walser anota de su ejercicio deambulatorio: “Además, no ignorar ni olvidar: rótulos y anuncios como “Persil” o “Insuperables sobres de sopa Maggi […], o yo qué sé de verdad qué más. Si se quisiera contar, no se acabaría nunca antes de que estuviera fielmente contado[4].

No se acabaría nunca”, escribe Walser, y de hecho James Joyce puso todo el empeño de su vida en dos novelas que son dos paseos: por el Dublín de un día de julio en las ochocientas páginas del paseo de Leopold Bloom y por las seiscientas del paseo nocturno de Finnegan por las fantasmagorías de su sueño y de su subconsciente vertido en lenguaje, tal y como querrá Lacan muy poco después. El protagonista de nuestra novela, sin embargo, determinado por “la paciencia y resignación de su alma, la modestia de sus deseos y la pereza triste de su imaginación” (pp. 24-25), “nunca realizó ningún viaje largo en sueños” (p. 25). Poco más tarde encontraremos otra curva hiperbólica del concepto “paseo” progresiva y estrictamente mental, salvajemente mental, en la trilogía de Samuel Beckett Molloy, Malone muere y El innombrable: sus personajes “pasean” de forma vicaria, a través de un bastón con el que palpan, cual los palpos de un monstruo, y para inventariarlos una y otra vez, por los objetos de la habitación donde se recluyen acostados. Jean Dézert, insistimos, es un personaje a medio camino de todas esas hipérboles; una epopeya –una más, en una encrucijada de hipérboles- del hombre corriente. “Nadie lo distinguiría entre la multitud”, citábamos. Alma hija de los tiempos de la fenomenología -heredera de la escuela de Brentano y su objetivismo psicológico-, mente que solo vive en esos actos puros; –“solamente los actos poseen un sentido”, escribirá Wittgenstein en su Tractatus-; actos puros, actos cotidianos sin hipérbole ascendente o descendente, sino instalado en la comedia y la tragedia y la comedia del hombre de su tiempo y, por tanto, atemporal.

El viaje es metáfora de la vida y eso se ha entendido desde los periplos griegos o aun desde las travesías bíblicas del pueblo judío a través del desierto, hasta el género del western o las modernas road movies del cine: más gestas hiperbólicas a través del tiempo y el espacio, parodiadas por Luciano o por Cervantes y que han sido mantenidas hasta hoy por Hollywood y el resto de producciones cinematográficas mundiales: es una hipérbole que se desplaza a lo industrial, a lo producido industrialmente. Pero también hablamos de novelas cercanas en el tiempo a ese horror en el que la muerte fue producida por técnicas masivas, con los campos de exterminio. Robert Desnos morirá en uno de ellos. Jean de la Ville de Mirmont murió en la primera guerra mundial, la entonces llamada Gran Guerra. Hoy día, para contemplar lo hiperbólico y lo desmesurado, visitamos los grandes los centros comerciales. Aquellos que se sitúan, por ejemplo, en las afueras: esas inmensas planicies en cuyos alrededores, si los cubriéramos de nieve, podría morir una vez más Robert Walser en uno de sus paseos por los alrededores del sanatorio mental donde se halló recluido la mitad de su vida. Y es que también está el viaje al inframundo. Un inframundo que, para un escritor nacido en la era colonial, puede ser identificado con el mundo del salvaje –en estos años, Conrad escribe ese terrible reverso de esta idea en El corazón de las tinieblas, donde es el colonizador el que, en territorio salvaje, se transforma en el peor salvaje, en el horror personificado-. Antes hablábamos del western; ahora podíamos pensar en dicho género fundido con el mito del descenso a los infiernos de Orfeo y, sobre todo, con la parodia y el distanciamiento que impone la representación de la representación, ese cine de producción industrial, cuando el personaje de nuestra novela despierta de una pequeña siesta en una sala de cine, ese lugar oscuro que bien podría situarse bajo tierra, para descubrir que “unos vaqueros se estaban peleando con unos pieles rojas. Toda la sala había tomado partido a favor de los vaqueros, uno de los cuales, con toda la razón del mundo, deseaba recuperar a su novia raptada por un jefe siux” (pp. 56-57).

Robinson Crusoe debe seguir de forma estricta una rutina civilizada para no perecer lejos de la civilización. Sigue vigente el paseo como eje de la rutina civilizada para el ocio. W. G. Sebald fue un gran paseante, y también uno de los últimos grandes escritores. Transmutó sus paseos en literatura; en dichos paseos, Sebald rastreaba una civilización desaparecida para siempre: fue acaso el último eslabón de una cadena literaria que ve la vida a través siempre de la construcción cultural, de la pintura y la arquitectura, de la filosofía, de la literatura.

Rutina y formas, anotaciones. Formas. Más rutina. “Jean Dezert abre la agenda de cantos dorados que ha convertido en su libro de cuentas [su diario]. En la página: 10 de octubre, San Paulino, anota: Nada. Después de fuma un cigarrillo, pues no tiene nada mejor que hacer antes de irse a dormir” (p. 31). Solo cuando conoce a la chica comienza “La aventura” –así se titula la segunda de las tres partes del libro, donde tal cosa sucede-, el nudo argumental de la novela. Pero esa aventura se nos anuncia como falaz en el momento en que arranca con una cita de Nerval, maestro de la brumas posrománticas –y por tanto conscientes de su propio romanticismo- que habla de “esas chicas falaces” que hacen “emprender una ruta muy extraña; conviene añadir que estaba lloviendo” (p. 63). La lluvia romántica, posromántica. La modernidad y la posmodernidad. Dézert, con un procedimiento tan propio de esta última –pero ya presente en los albores de la novela inglesa post-Defoe, por ejemplo en Fielding-, muestra las costuras de su narración: “Si la lluvia hubiese empezado a caer en ese momento del día, Elvire y Jean Dézert, sin moverse del lugar, habrían proseguido tan tranquilos la conversación del domingo anterior. Pero se ha juzgado preferible, en aras de la diversidad del relato, que el buen tiempo se prolongara una hora más” (p. 84).

Allí donde se conocen, hay fieras enjauladas –el Jardin des Plantes-; pero no se agota aquí el simbolismo: una ninfa de bronce acaricia a un delfín de bronce, y junto a ellos un otario macho trata de llamar la atención y cortejar, sin ningún resultado, a un otario hembra. Y “Jean Dézert estaba pensando si, después de todo, las sirenas no serían otarios, cuando Elvire, vestida de azul nattier, se cruzó con él de paseo” (pp. 63-64). Le llama la atención que la muchacha no parece tener, en su caminar, un destino preciso. Podemos volver a pensar en el paseo como metáfora de la literatura, pero también como elemento definidor del carácter -por la forma en que se realiza, por su exterioridad o superficie- en el momento en que Jean observa que, en la muchacha, “su andar más parecía un juego que una manera práctica de ir de un sitio a otro” (p. 64). Y el paseo deviene nuevamente literatura: “He aquí otra historia –pensó Jean Dézert siguiendo a Elvire.” (p. 64).

El argumento, sí, prosigue hacia su consecución; leemos más tarde: “Es la primera vez que no sé adónde voy”.(p. 89).

Así se resumen los modernos inicios de las guerras de Troya del hombre y la mujer contemporáneos, toda disputa con manzanas por Helena alguna: “Elvire, inútil y encantadora Elvire, ¿por qué usted y no otra?” (p. 90). Cualquiera pudiera pensar que estamos ante la indiferencia absoluta ante el otro. Pero también es al contrario: el respeto absoluto hacia el otro. La tendencia al amor como bien divino, tal y como definía Max Scheler; objeto universal, también para el moderno individuo desacralizado y desacralizador: “Yo me prometí porque me di cuenta de que eso la divertía. El resto tiene tan poca importancia” (p. 91). Porque es a través del otro que salimos de nosotros mismos. Y Dézert, prototipo de la soledad en las modernas urbes, lo intentará muy en serio; así lo afirma, afirmándose a la vez a sí mismo –en su autodefinición, en la de su programada vida de funcionario- ante su amada: “Siglos de aburrimento, Elvire, siglos de oficina, se exaltan ante la fantasía que usted presenta a mi alma de funcionario de ministerio. Siga así, sea pueril y vana, divina y sin objeto, usted misma, digo, y consuéleme de que el cielo, en mi miseria, me haya proporcionado la conciencia de mi yo –si cabe expresarse así, en este caso” (p. 104).

Los avatares de la relación acabarán reglados por los dictados más caprichosos, en todos los sentidos. Y aquí dejamos al lector el suspense del argumento, porque ese caprichoso discurrir es, al mismo tiempo, brillante y exacto. Un desenlace que es el momento álgido de una novelita trabajada para que cada página ofrezca hallazgos y deslumbramientos. No lo revelaré, pero no puedo dejar de recordar el epitafio de Op Oloop, el paseante de Juan Filloy que protagoniza otra novelita espectacular por lo condensado de su planteamiento y los hallazgos que se agazapan, sin embargo; cuando el personaje juega a redactar su epitafio: “Aquí yace Op Oloop. / Para él nada fue difícil / excepto el amor. /¡Por eso amó tanto a las / mujeres fáciles![5]. No se dejen engañar por la palabra “epitafio”: conserven la interrogación total hacia la peripecia. La forma protocolaria con la que redacta su informe de los pasos a seguir en este momento climático del argumento, la cómica manera que tiene de acatar esas formas –un viaje hacia las formas que también nos acerca a Gombrowicz-. Es lo que tiene nombrar las cosas; nombrarlas, enumerarlas, considerarlas: todo está escrito, todo está hecho; todo es, así, convenientemente inútil. La palabra, la razón, la inteligencia, la civilización, son mediaciones que, en última instancia, liberan al hombre del contacto directo con los últimos símbolos -el mar, por ejemplo- y con las últimas realidades -la muerte.

Este paseo es circular y es siempre un viaje de ida y vuelta. Y ese Jean, del que se nos manifiesta al principio de la novela indistinguible de la multitud entre la que pasea, comprende en el último párrafo su naturaleza eterna, como ser de carne y hueso para sí mismo y como personaje literario para nosotros, los lectores: “de naturaleza intercambiable en la multitud, y verdaderamente incapaz de morir del todo” (p. 116).
No lo hace a través de ese misterio que es la palabra en forma de novela, de literatura: la ficción que nos dice. Vida, literatura, y también viceversa. Las cuatro citas del libro parecen haber sido elegidas en juegos de dos; así, tras las de Cervantes y Defoe como iniciadores de la genealogía de la novela moderna, tenemos la del post-romántico Nerval y la de Laforgue; Laforgue también en una línea post, pero un post que llega hasta el siglo XX y desmonta o deconstruye la retórica romántica incluyendo en ella a los post-románticos y a toda la gran poesía francesa moderna de finales del siglo XIX: “Después de todo, trincad, danzad, gente de la tierra. Todo es un triste y viejo misterio” (p. 107); una cita que entronca con otra de Heinrich Heine, unos versos satíricos del gran romántico alemán con los que Sloterdijk abría su Crítica de la razón cínica: “¡Toca el tambor y no temas / y besa a la barragana! / En esto consiste toda la ciencia. / Tal es el más profundo sentido de los libros”. Porque en el juego y paseo de la literatura el avance siempre es un simulacro, es llegar al mismo lugar una y otra vez. Y después volver a casa.

Y volver a salir: salir allí afuera, pero no como los héroes clásicos, que es decir con un destino prefijado; sino “a lo que salga”, como Don Quijote. La experiencia del héroe cervantino nos convierte a todos en héroes cervantinos, esto es, en héroes al estilo quijotesco. “La experiencia es la que da arte para la dirección de nuestra vida; la inexperiencia nos hace marchar al azar[6]”, anota Miguel Candel a Polus y a Aristóteles cuando este último se refiere a su vez a Polus en su Metafísica: ““La experiencia”, dice Polus, y con razón, ha creado el arte; la inexperiencia marcha a la ventura[7]”. Pero la novela del siglo XX, como lo harán el resto de las artes occidentales, saturada por el gran peso de su propia tradición, querrá empezar de cero para experimentar por sí misma esa inexperiencia inútil siempre, por falsa en el arte –pero también inevitable, siempre, en la otra orilla, la de la vida. Volvamos a André Breton, cuando anota en su El amor loco: “Todavía hoy solo espero algo de mi propia disponibilidad, de mi sed de errar al encuentro de todo, confiado en que me mantenga en comunicación misteriosa con los otros seres disponibles como si fuéramos llamados a reunirnos súbitamente. Desearía que mi vida no dejase tras ella otro murmullo que el de una canción de centinela, una canción para engañar la espera. Independientemente de lo que se logre o deje de lograrse, lo magnífico es la espera misma[8]”.
Es una cita cuya conclusión final me parece indispensable para unos días como los nuestros, en los que como reverso exacto de la prisa y la actividad incesante nos aguarda la espera constante en colas ante mesas burocráticas y en aeropuertos, la espera junto al móvil o ante una página de contactos de Internet; la espera demorada e incesante mientras se vagabundea por centros comerciales o por unas ciudades lo suficientemente grandes como para pasarnos el resto de nuestros días vagando por ellas; la espera, sí, y también la inutilidad.
Citas, excursos, rodeos por la periferia de las teorías y las historias: a través de ellos trato de no revelar el argumento de la obra, su historia; su prodigioso final. Trato de explicar su singularidad sin desmontar el perfecto juego de peripecias que el autor ha preparado para el lector; una singularidad que deviene universalidad desde las puertas del siglo XX, una universalidad que el autor ha preparado conociendo perfectamente las reglas del género con el que trabaja, el novelesco, y que así inserta su obra en el centro de la novela más singular y atractiva del siglo pasado. Michelle Houellebecq adora esta novela; no es extraño: en los protagonistas de sus novelas, bajo las capas de hipérbole científica o grosera, de humor cínico, se ocultan personajes emparentados espiritualmente con Jean Dézert. Sorprende la contemporaneidad de la novela de Jean de la Ville de Mirmont, y no es extraño al mismo tiempo. No comparte la extrañeza de las novelas surrealistas mencionadas, la rabiosa perifericidad de la de Filloy, el sustrato kafkiano -kafkiano antes de Kafka- de la de Walser, la delirante búsqueda de forma de las de Gombrowicz; pero todos esos elementos laten en sus mecanismos. La forma, por ejemplo, en que el propio protagonista proyecta –hoy podríamos decir programa, en su acepción más robótica-, de forma inútil, convenientemente inútil, el desenlace de su propia peripecia. Añadamos otra cita más de la obra de Jean de la Ville, unos versos esta vez de su protagonista, situados al principio de la obra: “Consciente de mi oscuro papel, hasta la muerte /escribiré proyectos, notas e informes (p. 36).

De la Ville parte del origen del género, con una consciencia irónica y distante -que hoy denominaríamos posmoderna- del género en el que inscribe su obra, y de la misma forma que cita a Cervantes, decíamos antes, y también el Robinson Crusoe de Defoe, la otra obra que inaugura la novela tal y como hoy la conocemos, inscribe a su personaje en la genealogía que va desde el Bartleby de Melville a los personajes de Kafka, si no al mismo Kafka, personaje protagonista de sus diarios; es decir que estamos una obra que nos sigue atañendo, eslabón abierto –“El domingo siguiente, León Durbojal le decía a Jean Dézert…” (p.117)- de una ficción que deviene mito, y por tanto inamovible, siempre pasado, para que el mito mute en la forma eternamente cambiante, presente siempre, de la ficción; esa ficción a la medida de nuestras necesidades.

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[1] ¿La conciencia de su “teatro mental” o, expresado en términos del entonces boyante psicoanálisis, super-yo del narrador en forma personificada para la inclasificablemente lírica obra del pope del surrealismo, ese movimiento que Freud nunca entendió puesto que sus integrantes, según el médico vienés, simulaban desórdenes mentales que no padecían? Con este movimiento, el significado se aleja siempre para dejar al significante con todo su poder hermético intacto: dado el gusto del surrealismo por la ceremonia de la confusión, muy bien podrían representar todo lo contrario, esto es, al salvaje e irreductible inconsciente; o cualquier otra lateral pulsión o condición: merced al significante abierto, su potencia se eleva hacia el infinito. Con dichos hombres de negro comienza este libro: “Danzantes de lo severo, intérpretes anónimos, enlazados y brillantes de la revista de espectáculo que durante toda una vida, sin esperanza de cambio, dominará el teatro mental, han evolucionado siempre, misteriosamente para mí, estos seres teóricos que conceptúo como los portadores de llaves: ellos llevan las llaves de las situaciones, lo que significa que detentan el secreto de las actitudes más significativas que habré de adoptar ante los extraños acontecimientos que me habrán perseguido con su signo. Lo propio de esos personajes es que se me aparezcan vestidos de negro –de traje, sin duda: sus rostros se me escapan; creo que son siete o nueve- y, sentados los unos junto a los otros en un banco, dialoguen con la cabeza totalmente erguida. Es así como habría querido llevarlos a la escena, al comienzo de una obra; su papel sería desvelar cínicamente los móviles de la acción”. André Breton, El amor loco, traducción de Juan Malpartida, Alianza, Madrid, 2000, p. 17.

[2] Robert Desnos, ¡La libertad o el amor!, trad. de Lydia Vázquez Jiménez y Juan Manuel Ibeas Altamira, Cabaret Voltaire, Capellades, 2007, pp. 79-83.


[3] Es el verso que remata el poema “El autor juzga a sus personajes”, en Carlos Pardo, Desvelo sin paisaje, Pre-Textos, Valencia, 2002, p. 11.

[4] Robert Walser, El paseo, trad. de Carlos Fortea, Siruela, Madrid, 2008, p. 72-73.

[5] Juan Filloy, Op Oloop, Siruela, Madrid, 2006, p. 214.

[6] Aristóteles, Metafísica, trad. de Patricio de Azcárate y ed. de Miguel Candel, Espasa/Austral, Madrid, 2005, nota 6, en p. 36.

[7] Ibid., p. 36.

[8] Breton, op. cit., p. 38.

domingo, 4 de octubre de 2009

Nadar allí


¿Cómo reaccionar ante esos rasgos que mutan en su rostro, atendiendo a mi aparición, esos rasgos que me impelen a algo y a la vez me cierran puertas, esa expresión que trata de hacer de esos rasgos unos rasgos conocidos mientras derivan hacia la extrañeza, sea o no deliberada; pero puedo reconocerlos, en este encuentro después de tantos años sin coincidir?
Me siento y es como si lo hiciese dando la espalda a mi incomodidad. Estoy cansado pero trato de disimularlo, tras una larga mañana de actividad frenética me cuesta no parecer desconsiderado. Rezo por no parecerlo.

Nos sentamos a una mesa, en un rincón en sombra de esta terraza junto a un valle. Una tercera persona entra en escena, una mujer que nos entrega unos informes y se sienta frente a nosotros. La luz dibuja gajos de naranjas, manchas móviles que crecen y que oscilan en nuestro campo de visión. La mujer nos conmina a estudiar los papeles. No he venido a trabajar, le digo, les digo a ambos. Justo antes he tratado de hacer alguna broma, alguna frase al azar que se ha volatilizado en el mortal silencio que solo rompe el discurrir del agua.

Nunca fui bueno con los chistes, siempre me metieron en problemas. No hacerlos fue peor: aún puedo recordarlo.

Nunca entendí nada.

Hace calor, es media tarde y no recuerdo haber visto a nadie en el pueblo, ningún habitante de este lugar que nunca he visitado hasta ahora, de camino a esta orilla del agua, de este brazo del valle, un lugar muy hermoso. Apoyo los codos en la mesa y los siento embargados por los nervios, son como terminales eléctricas, como tomas de tierra haciendo su trabajo, cargadas de trabajo; los músculos de todo el cuerpo me duelen por una tensión de la que solo ahora soy consciente.

Mis acompañantes ríen. Llevan rato haciéndolo. Mi viejo amigo se levanta y arroja los papeles al agua. Se aleja corriendo mientras sigue la barandilla de la terraza, a veces se gira hacia nosotros y levanta los brazos, gritando algo.

-¿Puede entender lo que dice ahora? –me espeta ella, riendo todavía.

-Sí –dije riendo yo también. No entendía nada, pero las manchas seguían creciendo. Podías acostumbrarte a ese calor, a todas esas manchas en la mesa, subiendo por tus brazos. Por tu campo de visión.

Era como nadar también allí, como sentir que podías hacerlo allí, y a partir de ahí ya en cualquier parte.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Tildes, tildes, ¡tildes!



Igual que se fueron, vuelven. Es placentero, sentirlas ahí arriba. Sentir mejor el suelo, así, bajo su peso.

Atando a las volátiles vocales al suelo de la línea. Un cielo y luego un suelo: que sientan ambas cosas, las vocales, cuando las reconduzco a este redil momentáneo. Pasasteis demasiado tiempo con ese aspecto de bobas que da tener la boca abierta demasiado tiempo. Tanta abertura insulsa, las tildes la modulan. Alean esa fuerza.
Son, con ellas, monóculos inversos. Le dan a las vocales aires de mundo y sofisticación. Le dan pautas, propósitos.

Trueno de la vocal. Que la ilumina

Yo creo que es la venganza a la que me han sometido por querer sujetarlas en periodos más estrictos. Periodos métricos. Pero ya no más, amigas. Releo lo que acabo de escribir y localizo un heptasílabo. Fuera heptasílabo.

Relámpago del orden, sé benigno.

Me acaba de salir otro endecasílabo. Pero ellas lo han querido así. A partir de ahora, son ellas quienes deciden: haced lo que queráis, hermanas.

Pastad sin sujeción, libres.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Un poema de W. S. Graham


LA TIERRA DE MALCOLM MOONEY


5



¿Por qué elegiste este lugar
para que nos citásemos? Bien, siéntate
conmigo aquí entre esta
palabra y la de acá, mi reina en cueros.
Pero no las confundas
con lo real. Aquí,
en la tierra de Malcom Mooney,
he oído a algunos
intrusos que, a lo lejos,
gritaban. Cazadores que, temprano,
se deslizaban por el hielo
repletos de entusiasmo.

Alzando el vuelo dentro del oído,
el alarido del arpón se deslizaba
hacia la verdadera presa, la adecuada
presa para el momento.
El coro de graznidos, temeroso,
deja inclinado el témpano de hielo;
resbala entre las aguas.
Sobre los icebergs, las insensatas
voces encienden lámparas
y todos sus sonidos
hacen de este diario
un lugar que, escribiéndonos,
nos incluye a ambos.
Ven y siéntate. ¿O no
es correcto que aquí permanezcamos
mientras, allí afuera,
más allá de la tienda, los barbados
ciegos se van para calmar a sus chiquillos
a los hornos de escarcha?
¿Qué novedades hay? ¿Por qué viniste
aquí a través de los canales
de primavera que se abrían?

Elizabeth, el niño y tú
habéis estado aquí conmigo
muy a menudo, en especial
en estas últimas etapas. Cuéntale
alguna historia, cuéntale
que me crucé con un anciano
oso de azufre, y que serraba
su tronco de dormir,
atronador, bajo la nieve.
Que soplaba la luz, y que la luz volaba,
en polvo, hacia esta página
y aquí cayó su aliento fétido, en astillas;
dentro de estas palabras.
Era un buen roncador.
Elizabeth, en cueros
sobreviniste reina mía, y te senté
aquí conmigo. Te aparté
de las fatigas adecuadas.

Ahora debo hacerme a estar ya solo.
Más allá de las tiendas infinitas,
las cimas de los montes continúan
su deriva. Palabras
a la deriva sobre más palabras.
La verdadera nieve, nunca abstracta.



PS: Me gustó mucho este poeta, al que descubrí en La isla tuerta. 49 poetas británicos (1946-2006), publicado por Lumen. Releyéndolo, me asaltaba la tentación de practicar yo mismo una traducción rítmica y, por lo tanto, algo libre. Es la primera vez que intento algo así y solo he conseguido el ritmo en algunos tramos; mi inglés no da para mucho -mayor razón para el carácter algo libre de mi interpretación del poema-, y me he apoyado en el traductor original de la edición, Matías Serra Bradford, y en un uso algo imaginativo del Word Reference.
Donde dice "Furry Queen" (reina peluda, "lanuda" en la versión argentina de Serra) es posible que Graham haya hecho un juego de palabras con el clásico de la poesía narrativa inglesa Faerie Queene (la Reina de las Hadas) de Edmund Spenser. Porque he querido interpretar que, más allá del juego de palabras con el título de Spenser, Graham quería decir que estaba desnuda, he estado a punto de traducirlo como "mi reina a pelo". Luego recuperé la cordura, pero no lo suficiente como para no terminar de perpetrar la traducción de este fragmento.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Hallando endecasílabos en Jacques Lacan


Guardo silencio y son secretos que proclamo mientras me ausento lejos. Lejos de aquí, se entiende; de este blog. Me doy la vuelta: contemplad como mi capa ondea y me acompaña mientras desaparezco.

Trabajo para ustedes en la sombra. Es un secreto, todavía, pero aún puedo salir de vez en cuando con mi traje. Con mi capa y mi máscara. Soy el rey del silencio y de las sombras: ya quisiera después de este calor que ha hecho; una condena aquí, que ya termina. Ese calor. Vienen las lluvias, ya dos días de frío y de granizo, incluso, hoy. Qué hermoso es el granizo, cuando rompe en el infierno. Su corazón de hielo que habita entre nosotros, en días como hoy.

Danos tu frío, cada día. Santificado sea el granizo que los cielos escupen, santificado sea su regalo, este maná furioso que rompe los cristales de todas las ventanas del planeta.

Que siga descendiendo, de aquí al final del tiempo.

Viene la lluvia, el frío. Y la vuelta al trabajo.

Adoro trabajar.

Al fin septiembre. Tío, me siento renacer. Despacio, como todo lo que importa, este proceso. Recuerdo al médico que me operó de la miopía, hace ya un año: me acusó poco menos que de impostor mentiroso cuando le confesé que ansiaba regresar a mi trabajo, a la rutina. Tratar con tanta gente, obligaciones; y no parar más que en paradas de autobuses: transportes una y otra vez. Me llevan más allá, adonde quiera. Aunque deba querer siempre el lugar que debo: qué descanso. Es delegar, así, mis elecciones en algo que es más grande que yo, que me comprende. Es la labor que no es posible posponer: no la pospongo. Al fin. La ruta gris del calendario, que no nos pertenece. Que es más grande que nosotros.

Olvidarme de mí, ser un robot. Servir y ser -sentirme- transportado. Ir y volver, y en el trayecto tomar notas así, algo así como ésta.

Pero entiendo al doctor. Al menos la mitad de la novela que ando corrigiendo esta semana está ocupada por doctores. Pueblan sus páginas, huyen de mi protagonista. Amo a los médicos, esas figuras paternales; me expulsan una y otra vez lejos de ellos. Insisten que no guardan la llave del Edén que ando buscando. Yo amo sus misterios y sus frascos de perfumes mortales, sus libros y sus fórmulas. Sé que saben secretos antiguos como el mundo.

Doctor, quiero vivir eternamente.

Ahora que lo pienso, lo confesaba a la enfermera, más que al médico -aquello del trabajo, de septiembre, del regreso; adoro regresar, ¿lo he dicho ya?- Fue él quien se introdujo en nuestra charla. Quitando la manzana de mis manos, burlándose de ella. Para arrojarla lejos e imponer la razón.

No debió hacerlo, pero bueno. Hizo lo que debía. Recuerdo a la enfermera, todavía. Recuerdo su sonrisa, su cómplice ternura por mis nervios ante la operación y ante las burlas que el furioso doctor dedicaba a mi franqueza torpe, a mi tendencia irresistible a confesar todos mis pensamientos si estoy cerca de un médico.

Amo a las enfermeras. Vuelvo a ellas: nunca debí dejar vuestro regazo, madres desconocidas; solícitas parteras de lo mejor de mí. Me sonreísteis siempre, hermanas, madres. Siempre en la guerra y en la paz, vendando las heridas de este mundo.

Estoy algo exaltado, por la lluvia. El agua que me hace renacer. He terminado ya con la novela. En realidad, le he quitado algunas páginas. Tan solo eso. Por presentarla a un premio. A mi pobre novela, que es tan rara. Que aún busca editor. También la amo a ella. Después de siete años, ya no la siento mía. Le quito páginas y siento que la estoy mutilando. Pero es algo ficticio, momentáneo, solo un archivo nuevo tras copiar y pegar. Una nueva versión, mientras la vieja descansa en su rincón del escritorio. Y crece, intacta, cada vez más lejos de mí.

Entre las sombras, reina del silencio.

Paro un momento. Dos ordenadores encendidos, la impresora escanea mientras echo un vistazo a mi correo en la pantalla grande; en la pequeña añado un par de versos a otro libro. El gato se pasea entre el desorden. Guardo una nueva imagen y, al nombrarla, escribo el nombre en la pantalla errónea. Junto al verso que añado.

La confusión de espacios, de pantallas. Más libretas, también; para seguir pasando a limpio. Es una fiesta, sí. A más trabajo obligatorio, más tiempo aprovechado entre los huecos. Se acaba este compacto: debo poner el otro para escuchar entero el Fairy Queen de Purcell, CD 2. Y con la tapa de la caja del CD me pillo justo ahí, en ese trozo de mi ser también bendito -sea, y santificado.

Ay.

Llama mi chica. Justo ahora.

¿Crees en el azar?

Hablamos por el móvil. Me alejo de esta habitación. Vuelve enseguida, Fairy Queen. Acércate. Te espero aquí, en silencio.

Disculpad que me ausente, una vez más.






PD: Aquí, un endecasílabo que acabo de toparme en Jacques Lacan: "Áreas de excitación privilegiadas".

martes, 1 de septiembre de 2009

Pacific Ocean Blues


Los sueños deben de ser la cloaca donde acaba lo que nos sucede durante el día, se me ocurre: debo investigar esto, a lo mejor alguien ya lo ha estudiado.

Allí circulan, fluyen. Se reciclan. Siguen fluyendo.

Paso las últimas noches en tensión, despertándome a menudo y con pesadillas. Durante el día trabajo mano a mano con mi chica en la mudanza; el traslado de todo aquello que hemos acumulado en nuestra casa anterior lo simultaneamos con la compra, el traslado y, ay, el montaje de muebles y cachivaches. Mi chica se asoma entre cables, tornillos y brocas para espetarme que se me ve muy tranquilo, demasiado tranquilo. ¿No me estresa saber que debemos entregar la llave del otro piso en tres días? ¿No me estresa vivir entre dos pisos que están patas arriba, ambos? ¿No me estresa la broca funcionando noche y día?

Sí, tía. Pero va todo derecho al sueño.

Miraré a ver en el apartado de psicoanálisis, me suena que alguien dijo algo de esto. Por fin un cierto orden en los libros, que fue lo primero que trajimos y acomodamos entre estantes: un cierto orden futuro, que pospongo con placer; aunque a ratos, para descansar de la broca, ya voy haciendo agrupaciones. Se acaba el verano; ningún proyecto de maratón lectora, esta vez: sabía lo que tocaba. Me propuse leer, en torno a julio, la Historia de Genji, pero no he pasado de cien páginas; postergado queda. No me urge. Esa falta de urgencia es un placer. Empecé Nova Exprés de Burroughs, hace semana y media; por echarme al cuerpo algo breve; me quedan pocas páginas; algunas frases memorables, sí, pero no en tanta proporción como en otros libros del viejo Lee. Qué más da. Demorar, postergar una vez más.

Domingo treinta, ocho treinta de la tarde. Salgo a mi pequeña nueva terraza, me abro una cerveza, cerveza de abadía; pongo el Pacific Ocean Blues de Dennis Wilson. Septiembre es el mejor mes del verano, me digo. El sol se va ocultando en mi nuevo skyline, impregnando de color naranja el esqueleto de la gigantesca caldera de gas que tengo por vecino.

Gigante, gigante, ¿de qué me suena eso? Debo volver al trabajo. Hace unos años, exactamente hace dos casas, imaginaba en situaciones similares -el calor, el calor- un relato en el que el océano anegaba la ciudad. Me acuerdo ahora por el título del disco de Wilson. El disco sigue, fluye; como yo. By this river. Sigo fluyendo, ahora consciente del fluir. Pensando en el fluir, más que ejerciéndolo, y también. Abro el portátil: una semana sin escribir; siquiera en mi nuevo cuaderno, aquel que compré a principio de verano y que ya casi he consumido. Antes me hubiese causado desazón pensar en toda esa escritura para nada; ahora me tranquiliza: es lo que hay; pienso contarlo en un poema, tengo la idea y ya voy entrando en calor: lo estoy haciendo ahora, dadme tiempo. Ahora que el calor inmenso de la tarde se disipa despacio, con las rachas de corriente que llegan hasta aquí. Voy acabando mi cerveza, cerveza de abadía. Yoshimi viene a contarme sus cosas –una pìsta: dice “Miau” - tras la pantalla del portátil; su hocico contra ella, en ella lo restriega. Antes de terminar la frase anterior ya se ha ido al otro extremo de la mesa, a darme la espalda por la nula atención que le dedico.

Demorar, demorarse así. Más tragos de cerveza. Lentos, sin prisa. Volver a la escritura así, sin prisa. Sale Isolda con nosotros, vuelve a entrar. La mudanza ha terminado. Solo queda terminar de construir aquí nuestro pequeño hogar. Sale Isolda otra vez, para dirigirse a Yoshimi. Miau. Yoshimi pasa de ella y vuelve conmigo. Insiste tras la pantalla. Con sus cosas. Miau, etcétera.

Permitidme que las siga.