martes, 14 de octubre de 2008

Volver a las andadas, 1


Volver a las andadas: abrir, cerrar la puerta; salir y andar un rato, lo de siempre. ¿Volver? Volver y ver la tele, pero poco. Encender, apagar: mejor la música, los libros. Subir esa montaña, arder en sus astillas: su luz dura una vida. Astillas siempre nuevas, y los viejos rescoldos. Apagar, encender: volar en esos lapsos. Volver, andar, soñar; pues ya camino en sueños. Es un arder tranquilo: siempre regreso a este país. Dormido, vuelo. Después vuelvo, despierto una vez más.

Volver, andar, soñar: de día y en la noche, como siempre. Envuelto siempre en esta sucesión: sucede a cada instante, será mejor así; supongo y creo, firmemente. Delego cada vez más -y mejor: supongo, espero- en esta rueda. Camino sobre ella, conjuro todavía la rapidez, la lentitud: juego a burlar estos concéntricos senderos; mi escasa posibilidad, de la que gozo porque sé que aún existe.

domingo, 12 de octubre de 2008

50.000

Estamos de enhorabuena: esta bitácora o blog sobrepasa ya las 50.000 palabras.

No queremos dejar pasar la oportunidad de agradecer a cada una de ellas su colaboración para que nuestro espacio haya sido posible y siga siéndolo, esperemos, en el futuro. Y que sigamos acumulando todas esas palabras, montonocitos de garbanzos dejados atrás en nuestro viaje sin retorno hacia la nada.

Calladas más allá de sus convencionales referentes, sosteniendo con profesionalidad su doble cara significante y significadora, sus más viejas etimologías, sus connotaciones de más nuevo cuño; sin dejar que sus vidas íntimas, secretas, sus pequeñas miserias y sus desconocidos logros personales interfieran en su labor. Sometiéndose a las reglas de la sintaxis, del texto y la retórica, del juego y la filigrana, del hallazgo casual y la torpeza recurrente, ejercen solícitas de puente entre quien modestamente escribe y vosotros, quienes insensata, desocupada e incomprensiblemente leéis.

Toda celebración esconde una disculpa y una demora: llevo tiempo sin actualizar esta bitácora. Espero volver a hacerlo pronto; porque se me ocurre, por ejemplo, que aún hay muchas palabras que aguardan su turno: obstetricia, batiscafo, valladar.
Vuelvan pronto, por favor. Yo pronto volveré.
Más de 50.000 palabras.
No nos dejen ahora solos.

jueves, 2 de octubre de 2008

Sin título, número uno


Venga, eh, me digo. Vamos, tío. Levanta del maldito sofá, libérate del abrazo de tu gato y de su siesta. Ponte delante del ordenador y empieza a transcribir todo el material que empieza a acumularse en tus cuadernos.

Vale. Así que me pongo. Pero a las pocas palabras debo parar; cosas de anotar y anotar en cualquier parte: en el autobús, en los semáforos, en grandes almacenes...

Quiero decir que no entiendo mi maldita letra.

Desanimado, vuelvo al sofá. El gato, por fortuna, me admite de nuevo en su mullido pero vallado redil.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Baden-Powell tenía razón

Los muchachos deben dormir con la ventana abierta también en invierno, lo decía Baden-Powell; para ser menos propensos a coger resfriados. Me acuerdo de Baden-Powell porque ya estamos en otoño, pero lástima que esté lloviendo tanto: podríamos despertar flotando, de seguir su consejo, y nuestra cama se deslizaría escaleras del edificio abajo para llevarnos a la deriva por la ciudad. Robustecidos y perdidos, dispuestos en nuestra derivé a conquistar por fin el espacio.
Stephen Hawking dice que el destino natural del hombre es el espacio: bien, pero eso ya lo decía William S. Burroughs y Burroughs no necesitaba del bosón de Higss para decirlo. También es verdad que Hawking no necesita heroína como la necesitaba Burroughs. Yo qué sé, espera, voy a por café. Cierro las ventanas antes de hacerlo: paso de acabar como Moisés, si es que me duermo. Monoteísmos, Pentateucos, uf. A mí el café me da sueño. O sea que olvida a Baden-Powell, tío.
Esta noche he soñado que un bosón de Higgs se deslizaba a través de mi ventana en uno de los lapsos de la lluvia. Así, furtivo como un vampiro o, lo que es lo mismo, como un amante de los de antes –todo el mundo sabe que el vampiro nació, antaño, como una metáfora de los amantes desabridos-, se acercaba a mi lecho pero no para chuparme sangre sino para chutarme materia: con lo que cuesta adelgazar. Como un vampiro inverso, como un amante de los de antes, de los que parecían dar más de lo que recibían. Preñarme de materia, pues vamos arreglados. ¿Alguien se cree lo del bosón de Higos? Venga, vamos. Bueno, en serio: yo qué sé, sólo sé que el corrector de Word me corrige Higgs y me pone Higos, por algo será. Ahora andan probando a empezar de nuevo el universo pero en miniatura, un universo tamagotchi, ¿ya nadie recuerda a los malditos tamagotchis?, ¿ya nadie llora en los cementerios de tamagotchis?
Parece ser que hay un enorme acelerador de materia, bajo Ginebra. Hay gente que tiene miedo porque ese acelerador podría tragarnos, dicen que exageran pero de momento un pequeño agujero negro se ha tragado a una chica india de quince años; no me posiciono con los catastrofistas, sólo digo lo que veo: una niña muerta. David Foster Wallace también se acaba de suicidar. Una niña en la India y Foster Wallace en EEUU. Dos pequeños agujeros negros aparte de aquellos de los que no he tenido noticia. De los que no tenemos noticia desde el principio de los tiempos, desde el Pentateuco, al menos. El universo se expande y todo se acelera. En principio, a mí todo lo que acelera me marea. Lo pienso y me acelero, o sea que me mareo y tengo que tumbarme.
Anoche desperté y tenía al bosón de Higgs frente a mí. O sea que vi el rostro de Dios: consistía en un montón de higos. No me comí ninguno, cuesta mucho adelgazar y cualquiera sabe que lo peor es comer a deshoras. Tampoco me gustan los higos, y mucho menos si esos higos tienen que ver con el origen del universo. He dicho que me miraban, pero todo el mundo sabe que los higos no tienen ojos. Dios tampoco puede mirarnos: su mirada nos destruiría, ¿alguien lo duda?. No, no me los comí: no necesito ninguna clase de purificación. De momento. Espero. Y rezo por ello, mientras trato de volver a dormirme.
Abre o cierra la ventana, haz lo que te salga de los cojones. Pero hazlo ya.
Y luego intenta dormir tú también, si puedes.

martes, 23 de septiembre de 2008

Los días y las bestias


En torno a Diario de las bestias blancas de Diego Sánchez Aguilar (VII Premio Dionisia García, Aula de Poesía / Universidad de Murcia, 2008):


Diego Sánchez Aguilar sabe que no se puede escribir poesía después de Auschwitz, o no “cierta” poesía, para no incurrir en la mala interpretación que Alberto Santamaría subraya suele hacerse de la afirmación de Adorno en su reciente El poema envenenado[1]. La primera sensación que un lector pueda tener al enfrentarse a su voz poética es la de un timbre educado en la poesía metafísica: con un sentimiento que, con Unamuno, no teme ser expresado a través del pensamiento; un sentimiento que descree de los sentimientos porque sospecha de los acantilados a los que conducen.

(Publicado en la revista digital Deriva. Para seguir leyendo, aquí)

lunes, 15 de septiembre de 2008

David Foster Wallace: no me gusta tu última broma



Escribo desde la consternación, acabo de enterarme en el blog de Alvy Singer de la muerte de David Foster Wallace. No puede ser, he pensado al leer el título de su entrada: Obituario: David Foster Wallace, 1962-2008. La incredulidad ha dejado paso a la congoja cuando he comprendido que sí, que era verdad. Una extraña congoja, la que uno siente por la muerte de un hombre al que sólo ha conocido a través de su literatura.

Entré en su obra en el mejor momento posible: en uno de los peores momentos de mi vida, exactamente en vísperas de esos extraños momentos. Una reseña de La chica del pelo raro en El País me llevó a las librerías y disfruté con intensidad de la libertad de su escritura, así como de la exactitud con la que Wallace registra la nebulosa delirante de nuestros días. Fue uno de esos libros que desaparecen de tus manos una vez lo has terminado para pasar por multitud de manos, las de aquellos amigos a los que quieres hacer partícipe de tu entusiasmo, manos que llevan y traen el libro, lo doblan y lo desgastan y te lo devuelven al cabo de mucho tiempo para hacerte un poco más feliz, porque permiten un entusiasmo infeccioso y un fervor al que dar forma con palabras y con silencios, con asumidos sobreentendidos, en esos mundos paralelos que la mejor literatura construye para explicar mejor el nuestro, para explicárnoslo y para hacerlo, en la medida de lo posible, más vivible, dentro de una fiesta paralela donde se alían la fantasía y la inteligencia.

Cuando su siguiente libro llegó, yo estaba en un hospital. Mis familares se ofrecían a traerme libros, y yo pedí el suyo: La broma infinita. “¿De qué trata?”, preguntó mi hermana. “De un futuro en el que los años son designados no con números sino con el nombre de las empresas que los patrocinan y de bebés gigantes que habitan en cráteres radiactivos”. Ante el estupor de los míos, añadí: “Sólo son 1000 páginas de travesura textual. 1200, contando con las notas. Me mantendrá entretenido”.

Y lo hizo. Un libro difícil, un libro al que volveré una y otra vez ya fuera del hospital, cada vez menos enfermo y cada vez más sano porque entiendo mejor mi enfermedad, porque soy un enfermo que asume su enfermedad con la irresistible comprensión de sus mecanismos; vuelvo a esa novela en distintas acometidas que realizo como un explorador se interna en terra incógnita, avanzando más en cada nueva incursión y cada vez más sorprendido ante el alcance con que su autor ha pulverizado toda una tradición para volver a construirla sobre sus cimientos: nueva y antigua a un tiempo, no más verdadera ni más original porque esa es, quizás, la única manera de ajustarse en propiedad a la verdad de nuestro legado literario, y llegar así a su origen. Como El arco iris de gravedad de Thomas Pynchon o La escuela de mandarines de Miguel Espinosa: artefactos que dictan sus propias reglas y que funcionan en el momento en que el lector sólo queda atrapado en la comprensión de la partida; cuando, de súbito cómplice tanto en el juego como en la constitución de sus reglas, comprende que ya es demasiado tarde para volver la espalda y marcharse indemne de allí.

La mejor novela siempre ha ido de la mano de la fiesta del ingenio y de la broma, de la inteligencia y de la risa. La mirada de David Foster Wallace hacia nuestro mundo nunca fue complaciente, pero tampoco abatida: baste como prueba la construcción de los mundos que en sus libros llevó a cabo, la fuerza prodigiosa necesaria para erigirlos. Se lleva con él el secreto de la creación, su atanor único; se va con él un eslabón imprescindible. Leo en el blog de Vicente Luis Mora que ha muerto por su propia mano y la perplejidad es doble; el mismo Mora cita, en parangón, el caso de Kurt Cobain, y recuerdo que sentí esa misma perplejidad hace diez años, cuando el músico también renunció a vivir.

Que muera un autor tan joven, en el apogeo de su creatividad, nos priva a sus lectores de esos mundos nuevos, que emergen con nuestros nuevos días, pero cierra aquellos que nos legó y los deja listos para que crezcan por su cuenta, para que muten y se desarrollen con cada futura lectura, para que infecten así nuestra realidad, y la envenenen, y nos curen.

domingo, 14 de septiembre de 2008

La siesta de los maniquíes


Aquí la siesta es un lugar habitual para encontrarse. Los durmientes caminan, cada tarde, con los ojos cerrados; no se ven ni se saben cerca, pero una parte de ellos les da tranquilidad, seguridad mientras se internan en el espeso bosque de la tarde del sueño, en la ciudad del sueño, en su desierto.

Sueñan con estar solos y descansan del ruido, pero se saben protegidos en la seguridad del antañoso hábito, sus frecuentadas vías. Así es como caminan y descansan, así se cansan cada tarde para dar, a media tarde, una breve ilusión de sucesión: continuidad al día: antes de sus noches su luz interrumpida como un sueño nocturno: difícil, sin descanso, portador del sobresalto y del terror a despertar muy pronto, a no despertar nunca.

Acompañados, solos. En su intrincado callejero, en sus desnudas vías. Nos observamos de reojo, sin sabernos soñando, sin mirarnos. Allí nunca hubo nadie.

Una siesta tardía, una muerte prematura, en simulacro, en que la luz final de un día que declina me recibe proclamando que mis vidas también declinarían de la misma forma, que ya lo están acaso haciendo, y es el despertar así, como a deshoras, una promesa ajena a quien la hace y su deseo de llevarla a cabo, su sospechosa voluntad, en cualesquier sentidos; porque igual se cumple.

Me despierto sin mí. La luz es leve y duda, liberada también ella, de pronto, de sí misma. Camino sigiloso por la casa en sombra. Apartado de mí, sin peso.

Un secreto ajeno a cualquier deseo y a los lugares comunes, que no nos pertenece.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Un viaje que no hicimos


Recuerdo como si hubiera sido un sueño aquel viaje a Venecia, esa escapada más bien, de fin de semana; porque su recuerdo, la escapada o viaje mismo, participaba de la textura de los sueños.

Paseábamos a menudo, casi todo el tiempo: lo sentía como un tiempo infinito; ella con su libro de poemas de Walt Whitman que compró en el aeropuerto, yo con mi cuaderno de notas. El resto del día eran huecos en los que nos encerrábamos en nosotros mismos, en nuestras oquedades; huecos nosotros mismos, para defendernos del milagro exterior, huecos contra lo absolutamente lleno, repleto de existencia, siquiera frágil: pleno en su fragilidad, imposible de horadar sus mínimos detalles, inabarcable el conjunto; infinito el espacio, como el tiempo, mientras nosotros breves, fugaces, ya casi yéndonos. Ella desaparecía despacio adentrándose en sus paisajes mentales, en sus tiempos mentales; yo hacía bocetos de los edificios en mi cuaderno; los mezclaba en el tiempo, edificios viejos, edificios nuevos, inventados muchas veces, por venir; también en el espacio: sentado en bancos de piedra, en pedestales, junto a verjas, muros y recintos; bajo la sombra de tilos y de encinas, escalinatas de edificios, de palacios, de iglesias y que por tanto siempre ascendían para mí; y escalinatas que bajaban a canales de paredes cubiertas a medias por agua cenagosa, pestilente, el agua que bailaba como si la ciudad entera fuera un barco, un enorme ser acuático que nos acoge a todos en su interior, también al musgo.

La misma tarde de nuestra llegada enfermé, fui víctima de un repentino acceso de fiebre: tumbado sobre la cama, sin dormir ni estar despierto, soñaba que paseaba una y otra vez por la parte de la ciudad que ya habíamos visto y también por aquellas que aún nos quedaban por conocer. Ocioso y quieto por fuerza, por la de mi enfermedad, las inventaba sin problemas: una veces de forma realista, verosímil, y otras con el delirio propio de mi duermevela prolongada: arquitecturas imposibles donde Palladio y Piranesi se fundían. Osos, ciervos y garzas deambulaban por sus calles vestidos de carnaval, de commedia de´ll arte: Polichinelas con garras, Arlequines de enmarañado pelaje, Aspaventos de bigotes felinos, Colombinas de largas orejas, orejas puntiagudas, orejas romas, orejas dobladas, a veces tenían alas y a veces no; tarde o temprano volvía a la realidad para verla a ella pasear desnuda a través de las enormes estancias donde nos alojábamos, sus largos pasillos, y aún me restaba un poco de tierra firme en el universo volátil de mi enfermedad para sospechar que también esa percepción del espacio me era falseada por mi febril hiperestesia; un espacio en todo caso reducido y normal, pero no así la visión que tuve de ella, no falseada, quiero decir, paseando desnuda y recitando a Whitman en los intervalos en los que no estaba a los pies de mi cama para atenderme o simplemente hacerme compañía, estando en todos los sitios a la vez siempre que esos sitios empezasen o acabaran en mí. Triturando el tiempo.
Recitaba largos versículos, no sé si paseando lejos de mí o tratando de entretener mi reposo; mi duermevela iba y venía como el mar en la playa, sus olas: a veces yo quedaba varado en la arena como un escualo moribundo, como una gran ballena, como un crustáceo pequeño y translúcido, alucinado por la sed y la luz de un sol inmisericorde; otras veces, antes de darme cuenta, estaba en alta mar, en pleno océano: si trataba de sumergirme lo hacía en las poderosas corrientes de un sueño definitivo. La buscaba con la mirada de mi pensamiento, sumergido, y sabía que ella ya no estaba allí, ni en la profundidad ni en la superficie: perdida en los pasillos de viejos versículos, convertida en esos versos, sorteando los escollos de las sílabas fuertes. El mar me devolvía a la orilla o a su corazón sumergido en sus propias capas abisales: el resultado era el mismo. Los versos, sus imágenes, se alejaban despacio. Con ella a bordo. En sus orillas, detenida; en los periodos átonos de sus largas cadencias. En el fondo vacío de su secreto.
Su secreto.

Nunca estuvimos en Venecia y aún trato de recordar aquellos versos; trato de averiguar, temblando por la fiebre, si ella existió alguna vez.

jueves, 28 de agosto de 2008

Viaje a septiembre



"Ethal se esforzaba por retener, y retenía de hecho, a Maud White y su hermano que hablaban de marcharse; los cirios ya iluminaban mal, medio consumidos en los candelabros de cuero completamente cubiertos de lágrimas de cera. Algo fúnebre y sin embargo cálido y tibio, como un olor a podredumbre de flores, pero de flores de tumba, estaba en la atmósfera; algo además que se preparaba y no acababa de empezar. Ethal, visblemente nervioso, lanzaba frecuentes miradas en dirección a la puerta y, sugestionadas, todas las miradas seguían las suyas. Alguien esperado no llegaba."

Extraído al azar de El maleficio de Jean Lorraine (traducción de Elena de Amo)

domingo, 24 de agosto de 2008

Viaje hacia septiembre



Tenía algunos, muchos proyectos para este verano; de lectura sobre todo. Tenía.


Mis dos gatos se reparten las esquinas más frescas de la casa, y si digo "frescas" es un decir, para derrumbarse en ellas.


Busco la tercera esquina más fresca. Me derrumbo en ella. Habrá noches robadas al día, en el invierno; y más veranos, espero.


Sic transit gloria mundi
.

Viaje hacia septiembre









Para septiembre, digo.



¿Falta mucho?



Adoro a Roy Stuart.




Resulta que mi chica conservaba, en el fondo de un cajón de su casa de Cartagena, un cómic de Supermán editado por Novaro en 1977.

Como mi cerebro no da para más, a estas alturas de agosto, tiraré de él.

A ver qué sale.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Aventuras asombrosas

Tomé un robot para viajar hasta la costa: resultaba barato, era la moda o a falta de demanda promoción. Los retropropulsores funcionaban con los impulsos cerebrales: iba listo; por el calor, lo digo, aunque el exoesqueleto iba dotado de refrigeración interna: estornudé y las cinco toneladas de armadura temblaron en su vuelo. Un trayecto de apenas media hora: las aves, los aviones se apartaban; incluso los satélites espía se desplazaban invisibles, alertados variaban sus órbitas, dispuestos a registrar el inminente encuentro. Yo aún no lo sabía, disfrutaba del viaje, de todo lo demás; al fin todo el poder era ya mío: poderosos sistemas cibernéticos, nanotecnología punta, monumental; cristal, neurosilicio; el tiempo y el espacio a voluntad de un implante de córtex y una coraza de titanio. Todo para viajar hasta La Manga. "Hemos llegado ya", dijo el robot.
Y al llegar pude verla: desde arriba, no oírla, sólo oía el rugido de los motores del ingenio. Durante mucho tiempo sólo la imaginé, burlando al tiempo y al espacio que insistía siempre en alza, dragón de dos cabezas, con su eterna expansión, en separarnos. Yo satélite ahora, San Jorge paralítico asistido, pude espiar su cuerpo: semidesnudo, semiobsceno, mortal, cuasi sagrado; pequeño desde arriba, desde cualquier otro lugar inaccesible. Ajusté mi visor para hacer zoom.
De hermosura espectral. Exuberante y distraída. Carnal y desalmada. Olvidada del mundo; reina del mundo en el exilio, en su toalla.
Olvidada de mí.
Sentí un vuelco en la parte central de mi robot. La acorazada, la vacía: donde estuvo hace tiempo un corazón.

Variations sur le mannequin (IV)


Tras un largo trayecto en coche llegamos a las cuatro y a las cinco estábamos durmiendo, a las seis desperté pero los demás dormían aún, por lo que leí un rato arrullado por el gemido del mar; a las siete, como cada una de las horas previas, sonó el reloj de pie: ellos seguían durmiendo y yo leyendo, a las ocho fui a la cocina a comer algo y después salí al jardín a echar un cigarrillo, pero sobre todo me concentré en las estatuas, griegas de o por imitación; sólo cuando dejé de mirarlas de reojo para considerar si echar otro cigarrillo y dormirme de nuevo por todo resultado, y serían las nueve, las estatuas empezaron a moverse: quizás dormía en realidad, pero las seguí de cualquier forma a una prudente distancia: no eran estatuas sino maniquíes, se movían de un lado para otro, lentos pero con seguridad, caminaban incansables alrededor la casa: a las diez estaba agotado y a las once quise despertar a estos, no podía yo también abandonarme al sueño, debía ponerles sobre aviso, pero su sueño era extrañamente profundo: supuse que también, a esas alturas, ya indestructible. Sonaron las doce, la hora de las brujas: se me heló la sangre porque si dormía ya nunca despertaría, los maniquíes tomarían el mando, tomarían nuestras vidas, tomarían nuestro lugar; si estaba soñando y despertaba, quizás trajese el horror de sus rostros inexpresivos conmigo; sonó la una y un siglo después las dos, tres siglos más tarde dieron las tres: no lo lograría, el sueño se apoderaría de mí; podía escuchar a esos malditos maniquíes moviéndose allí afuera, mortalmente silenciosos en torno de la casa: no, no podía dormir. A las cuatro caí rendido. Soñé con un viaje en coche y me acompañaban personas sin rostro aunque alguna vez los tuvieran para mí; no sé si en el sueño o en la realidad, pero oí un reloj de pie, el reloj de la casa: daban las cinco. Después las seis y las siete, me incliné despacio: las ocho, ¿desperté?

martes, 5 de agosto de 2008

viernes, 1 de agosto de 2008

Variations sur le mannequin (II)



"Además eran por lo general un palmo más pequeños de lo que habían sido en vida, porque la experiencia de la muerte, afirmaba Evan, nos disminuye, lo mismo que un trozo de paño encoge cuando se lava por primera vez."



W. G. Sebald, Austerlitz

jueves, 31 de julio de 2008

Variations sur le mannequin


Al fin lo he conseguido: estoy solo y el mar lame los deseos por venir. De aquí en adelante parecerá fácil imitarlo: agitarse despacio, en una dirección y después en la contraria; una y otra vez, incesante. Parece decir algo pero no lo entiendo: mejor así, me gusta su rumor sin significado. Enciendo un cigarrillo, debiera dejarlo. Lo dejo, fumo, lo dejo: en los intervalos aspiro el humo, luego lo expulso. Movimiento perpetuo, fácil al fin: a mi alcance.
Un maniquí viene hasta aquí. No estoy loco: está quieto, ahí cerca. Ha venido hasta aquí antes, lo habrá hecho caminando; pero ya está quieto, menos mal: no estoy loco. Mira al mar, yo vuelvo a hacerlo; enciendo otro cigarrillo. Procuro no moverme demasiado.
Pero me muevo, muy poco: lo miro de reojo. Por si se mueve. No lo hace y me concentro en el mar. Mas ya no puedo, aunque lo desee; concentrarme en él. Temo que mi inerte acompañante se mueva. Si lo miro no lo hará. Pero ya no tengo motivos para mirar al mar, o ya no me tranquiliza su eterno monólogo: he perdido su falta de significado, ya no sé cómo llegar a ese centro vacío. ¿Estoy solo, no estoy solo? Si no lo miro se acabará moviendo y ya lo no estaré. Tendré miedo, porque los maniquíes no se mueven: yo estaría loco y él o ella -más bien ella- sería un maniquí siniestro, trágico, funesto.

Si lo miro tendría motivos, ofendido, ofendida, para querer dañarme. Miro al mar, a sabiendas de que dejo vía libre al maniquí. El mar va y viene, sigue gimiendo, ¿pero qué es lo que desea, qué espera conseguir con ello?
Ojalá me ayudase, pero no lo hace. Estoy atrapado, una vez más. Enciendo un nuevo cigarrillo.



viernes, 18 de julio de 2008

Aventuras fantásticas en los transportes públicos


Subí a un autobús porque debía ir a las afueras, abandonando el centro para vivir así nuevas y fantásticas aventuras.

La conductora era nueva además de rubia y joven, era su primer servicio aunque de eso me enteré, nos enteramos sus viajeros, un poco después; enseguida. Estupenda y nueva conductora, condúzcanos a través de las paradas reglamentarias, de una en una, hacia la perifera; y ahí empezaron los problemas, en las paradas, porque no recuerdo si fue la tercera o la cuarta, pero ante las protestas de quienes debían hacer uso de ella nuestra conductora la pasó de largo.

Se excusó entre risas nerviosas. “Disculpen”, dijo, “soy nueva y aún no tengo claras las paradas. Pararé en ese semáforo”.
Lo hizo, pararse; bajaron. Seguimos nuestro camino. Pero la historia se repitió. Excusas cada vez menos ostensibles y risas cada vez más nerviosas, por su parte; las protestas también, también a más, nerviosas pero en firme. Paramos, bajamos, seguimos. Entré en alerta, porque vi que era lo que hacía todo el mundo: ¿en qué parada debía bajar yo? Después miraba a través de las ventanillas, trataba de reconocer las paradas antes de llegar a ellas; en realidad creo que me preocupaba más el resto del paisaje: mi mente no hacía paradas, como acostumbraba: avenidas y rotondas, iglesias y hoteles, casas casi en ruinas, gimnasios y ferreterías, chinos; callejas con tipos exoftálmicos detenidos en ellas, guardando acaso su secreto; mercadillos en las esquinas más improbables, atestados de compradores que imponen un tráfico lento para las hileras de coches que tratan de atravesar la zona por carriles provisionales. Pasado un tiempo también miré dentro, al resto de viajeros, y comprobé que a esas alturas todos lo que debían bajar ya habían bajado; donde debían o donde buenamente pudieron, también los que quisieron; de cualquier forma, todos ellos bajaron. Sólo quedábamos los dudosos, incluida la conductora: dudaba, se excusaba, reía. Yo la miraba de reojo, creo que el resto del pasaje también.
Las paradas se sucedían de forma más y más espaciada, en nuestro viaje. ¿A dónde vamos ahora, conductora? ¿Llegaremos al fin a la periferia y regresaremos después, alguna vez, al centro? Ella sujetaba su volante, por toda y consecuente respuesta a una pregunta no verbalizada. Miraba a uno y otro lado de la calzada, precavida; sobre todo en los cruces: con eso nos bastaba, porque quizás a esas alturas ya no parásemos nunca.

Aventuras asombrosas


Gurre-Lieder de Schönberg.

Viajamos.
Poco más.

Ecdótica del viaje



Pasa un pájaro. Lo sigo.
?>Enrique Vila-Matas
Para un taxi. Me subo.

Ecdótica del viaje



Los pasos en las huellas.

Deformándolas.

jueves, 17 de julio de 2008

Aventuras asombrosas



Me dormí en los aledaños de la pendiente que daba comienzo a la montaña y soñé que coronaba su cima. Al despertar sentí una felicidad que me duró hasta comprender que no puedes culminar una ascensión sin ascender. Caído en la cuenta empecé a subir, mas la ilusion me faltaba: ya estuve allí hacia donde iba.

Tuve que dejar otra vez la cumbre a mis espaldas, regresar sin su secreto.